Mi primer, y muy borroso, recuerdo cinematográfico es ir con algunas de mis tías a ver E.T. en el desaparecido Cine Díaz de Arucas. Me acuerdo perfectamente de que en la sala no cabía ni un alfiler y de que me preguntaba por qué ese bicho tan raro al que se le encendía un dedo no paraba de repetir “mi casa” y “teléfono”. Y de unas bicicletas voladoras.

Jamás lo olvidaré.

Amblin Entertainment, E.T., 1892.

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