Tengo que confesar —aunque a estas alturas no descubro nada nuevo— que, salvo la natación, hasta el pasado verano nunca he sido de practicar mucho deporte. Ahora, en cambio, intento salir a correr tres o cuatro veces por semana y desde hace casi un mes voy regularmente al gimnasio. Por suerte, en ninguna de estas dos actividades —ni en la piscina, por motivos obvios— me encuentro a nadie vistiendo un estilismo tan inclasificable como el de los participantes en Puesta a punto.

El programa que presentó la dulce y malograda Eva Nasarre es, sin duda uno de los numerosos espacios que marcó la televisión española de los años 80. Aunque, como tantos otros, me cogió demasiado pequeño, todavía hoy me recuerdo delante del televisor, intentando seguir sus instrucciones para realizar los ejercicios, primero uno sin música y luego todos juntos en una coreografía. Casi nunca lograba seguir el ritmo, aunque el ejercicio de respiración lo clavaba.

Ahora que lo pienso, puede que ahí esté el origen de mi escasa querencia por el deporte. El de mi aversión a los calentadores, por supuesto.

Eva Nasarre, Puesta a punto (fragmento), 1983-1985.

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