Siempre he admirado la enorme paciencia de la que tenía que hacer gala el pobre Blas para soportar a Epi en su convivencia diaria. Porque estoy convencido de que, si en lugar de en los años 80, compartieran piso hoy en día —además de soportar todo tipo de insinuaciones sobre su inclinación sexual—, en lugar de llevarle hasta tres vasos de agua, lo que el pobre Blas habría hecho es echar al pesado de Epi de casa. A la calle. Desahuciado. Sin duda.

Epi y Blas, Tengo sed, c. 1984.

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