Si hace una semana decíamos que en los años 80 la familia Ewing era sinónimo de intrigas en torno al petróleo texano, la familia Carrington era su homóloga en Denver, Colorado. Y, como tal, tenía que tener su propio culebrón con locos argumentos inverosímiles, una característica cabecera con míticas secuencias aéreas, pantallas partidas, letras doradas y, por supuesto una inolvidable sintonía que, con tan sólo unos acordes nos haga decir mentalmente: Dinastía.

De las tan imposibles como memorables peleas de gatas entre Linda Evans y Joan Collins hablaremos otro día, que aún hay tiempo.

Dinastía, Créditos de apertura, 1981-1989.

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