Julio acaba de irrumpir en nuestras vidas y, como cada año, en mi barrio lo ha hecho acompañado del encendido de los altavoces que se encargan de amenizar las fiestas patronales. Y eso, lo quiera o no, siempre me retrotrae a un indeterminado verano de los años 80 en el que sólo —o al menos eso me parecía a mí— sonaba esa factoría de éxitos tan insustanciales como pegadizos llamada Georgie Dann y su insoportable africano.

Georgie Dann, El africano, 1985.

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