Llegados a este punto —150 días después de haber comenzado este proyecto—, tengo que confesar que nunca me gustaron las historias de Alfred J. Kwak, ese pato huérfano criado por un topo, novio de una patita negra de aires tribales que lucha contra las injusticias. Aunque se empezó a emitir cuando ya tenía 11 años, creo que la principal causa de mi animadversión por la serie —además de su repelente protagonista y su todavía más repelente bufanda— era lo almibarada que resultaba.

Lo digo porque Shin Chan me cogió bastante más talludito y no vean lo que me río con las bestiales ocurrencias de Shinnosuke Nohara. Pero, me temo, eso ya no es materia de este blog.

Alfred J. Kwak, Créditos de apertura, 1989.

Anuncios