Como ya he compartido en alguna que otra ocasión, mis recuerdos de infancia están trufados de capítulos de series que produjo la factoría Hanna-Barbera durante los años 60 y 70 y que llegaron a España con doblaje latinoamericano, emitiéndose hasta muy bien entrados los 80. En ellas había personajes que me caían mejor que otros, pero sin duda, no había ninguno tan simpático como aquel conserje de una comisaría que, tras detectar una llamada de socorro se convertía en un patoso superhéroe que capturaba al criminal gracias a la ayuda de un gato y grandes dosis de buena suerte. Porque, aunque su nombre fuera Hong Kong Phooey —pronúnciese «Hong Kong Fui»— y presumiera de practicar el kung-fu, la realidad es que de artes marciales no sabía nada de nada.

De su peculiar coche de aires orientales, capaz de convertirse en casi cualquier otro medio de transporte y, sobre todo, del hecho de que fuera un perro, en un mundo en el que el resto de personajes eran humanos, mejor no hablamos. Total, tampoco tendría una explicación racional ni razonable.

Hong Kong Phooey, Créditos de apertura y cierre, 1974-1976.

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