Aunque tan solo consta de una temporada de 30 episodios, Don Gato ha pasado a la historia como otra de las míticas series que produjo la factoría Hanna-Barbera en la década de los 60. En España, como muchos otros de estos productos, fue emitida dos décadas más tarde, aunque tengo que confesar que yo no la recuerdo precisamente por su emisión en televisión. O, mejor dicho, mis recuerdos de su emisión en televisión son mucho más difusos que los que guardo de un VHS que, a finales de esa década, le regalaron a mi hermano.

La serie narraba las desventuras de una pandilla de gatos callejeros de Manhattan, capitaneada por Don Gato un minino amarillo con alma de truhán y sombrero y chalecos violeta. Acompañado de sus amigos Benito, Cucho o Demóstenes —y siempre doblados con acento mexicano—, Don Gato ideaba todo tipo de tretas para ascender en la escala social, en las que casi siempre se veía enredado el Oficial Matute, un agente de policía encargado de vigilar el barrio donde se encuentra el callejón en el que vivía la banda.

Y precisamente eso es lo que ocurría en uno de los dos episodios que contenía la cinta que le regalaron a mi hermano. Benito se hace con un violín y, al escucharlo tocar, todos creen que es un virtuoso de este instrumento. Sin embargo, lo que escuchan es un disco de un intérprete desaparecido que acaba de comprar el Oficial Matute. Un importante productor musical que pasaba por allí escucha la música y, creyendo que quien tocaba era Benito sólo acierta a gritar a su chófer «¡Alto la música!… digo ¡alto el auto!». Don Gato intentará sacar tajada y pronto todo se liará. El final, como siempre, no será bueno para nadie. Salvo para Laszlo Loszla.

¿Qué quién es Laszlo Loszla?, se preguntarán. La respuesta es sencilla. Sólo tienen ver el episodio para averiguarlo.

Don Gato, Créditos de apertura, 1961-1962.

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