En 1989, Cajón desastre, el programa contenedor que inicialmente desembarcó en la mañana de los sábados con la difícil tarea de sustituir a la mítica Bola de cristal y del que creo que aún no he hablado por aquí, incluyó entre sus contenidos Colegio Degrassi, una serie canadiense que trataba de forma muy realista y sin tabúes los problemas de los adolescentes norteamericanos y que, en cierta medida, eran extrapolables a algunas de las experiencias a las que debían enfrentarse sus homólogos españoles.

Por suerte, en aquella época a mí aún me quedaban unos pocos años para entrar en el instituto —porque a pesar de lo que parece indicar la traducción del título al castellano, la serie, originalmente llamada Degrassi Junior High, se desarrollaba en un instituto de secundaria—, así que los problemas también me quedaban algo lejos. Quizá por ello, mi recuerdo de la serie no va mucho más allá del típico personaje rebelde que siempre andaba metiéndose en líos, que —y posiblemente por eso lo recuerde— solía vestir sombrero y unos chalecos bastante llamativos y al que, si mi prodigiosa memoria para cosas inútiles™ no me traiciona, prestaba su voz Pepe Carabías.

Aunque muchas de las imágenes de su cabecera me son enormemente familiares, mis recuerdos de las tramas son bastante vagos, aunque —¡oh, qué sorpresa!— la invitación a empezar la mañana con energía que hacía su sintonía la recuerdo claramente. Sobre todo, después de haberla adivinado contra todo pronóstico la primera vez que jugué al mítico Días de Tele de los Icos. Pero, me temo, esa es otra historia de la que no toca hablar hoy.

Colegio Degrassi, Créditos de apertura, 1987.

Anuncios