Dicen que la música es un lenguaje universal que no entiende de edad, sexo, raza o, incluso, especies. Por ello, es normal que nos encontremos con niños que, en su inocencia, cantan auténticas barbaridades que sus artistas favoritos han puesto en sus bocas. Si lo hacen en casa y entre amigos, poco importa. Pero cuando quieren ir a la tele a compartir sus habilidades o, incluso, convertirse en cantantes profesionales —aunque no hay nada más terrorífico que un niño artista, y si no lo creen, acuérdense de Raulito— esas letras subidas de tono comienzan a ser un problema.

Además, no hay estilo que se escape. Da igual que sea el pop melódico, la salsa o, por supuesto, el reguetón. Hace años, sin ir más lejos, una adorable niña quiso emular a sus idolatradas Azúcar Moreno en Menudas estrellas —u otro programa similar— cantando un tema tan sexual como Devórame otra vez. Al final una seria reestructuración de la letra —por ejemplo «he mojado mis sábanas blancas recordándote» se convirtió en «he mojado mis sábanas blancas llorándote»—, salvó la papeleta.

En otros casos, los responsables no fueron tan considerados. Y, así, el éxito de Umberto Tozzi Gloria siguió siendo la «aventura de mi mente, de mi mesa y de mi lecho» en la versión que popularizó Parchís a comienzos de los 80. Siempre será mejor eso que escuchar a una niña de cinco años cantar una versión censurada del tema de Eddie Santiago y horrorizarte por saber perfectamente lo que debería estar diciendo.

Parchís, Gloria, 1979.

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