En ocasiones, la publicidad se empeña en vendernos imposibles. En vendernos situaciones que jamás podrían darse en la vida real, quiero decir. Como la de aquel conductor de un descapotable que, impresionado por la flamante furgoneta que acababa de parar junto a él en un semáforo, no dejaba de hacer todo tipo de preguntas sobre sus prestaciones a la atractiva joven que la conducía. En la vida real, todos lo sabemos, se habría dedicado a acelerar y tratar de ligársela con algún que otro piropo de mal gusto camuflado entre un sinfín de indisimuladas alabanzas de su propio coche.

Nada de preguntarle la hora ni si los asientos eran reclinables o abatibles. Si acaso, si había probado a meter un colchón en la zona de carga.

Renault, Ventajas Express, 1985.

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