Hablaba hace un tiempo del daño causado por el empeño de algunos estudios en crear secuelas de sus series o personajes más emblemáticos con las que intentar exprimir un poco más su éxito. Uno de los ejemplos más claros —y tristes— de ello fueron Los pequeños Picapiedra, de los que ya hablamos hace un tiempo. Otro, igual de triste, son Los Pequeñecos.

Y es que, ya me dirán qué necesidad tenía Jim Henson de coger a Gustavo, Peggy, Gonzo, el oso Fozzy y unos cuantos Teleñecos más y trasladarlos a una infancia ficticia convertidos en personajes de animación para que viviesen todo tipo de aventuras imaginarias en una especie de guardería en la que eran cuidados —no muy bien, a tenor de todos los líos que montaban— por una tal Nanny de la que sólo veíamos sus espantosos calcetines de rayas.

No se molesten en contestar. Ya lo hago yo por ustedes: ninguna. Y eso que, muy en el fondo, el personaje de Animal me gustaba. Sería por su carácter entre gamberro e inocente.

Los Pequeñecos, Créditos de apertura, 1984.

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