Necesitado de desconectar de la rutina y de mi entorno habitual, hace un par de semanas se me ocurrió que sería una buena idea materializar al fin la eterna escapada a Londres que, desde hace más de cinco años voy postergando una y otra vez. Desde que tomé la decisión, descubrí un par de billetes a buen precio en horarios y fechas razonables y reservé un típico hotelito en las cercanías de Victoria Station, no puedo sacarme de la cabeza a aquel peculiar profesor dibujado sobre fondo anaranjado que, desde la ventana de Muzzy, se encargaba de desearnos buenos días —y tardes y noches— a lomos de su bicicleta.

Porque, mientras en mi cabeza se repite machaconamente el soniquete que cantaba el personaje, no puedo dejar de pensar en lo oxidado que tengo mi speaking. Y, a pesar de ello voy volando, ahora mismito, rumbo al mayor examen oral de inglés al que me haya enfrentado en mi vida. Y voy a pasármelo bien.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

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