“Soy Willy Fog, apostador
Que se juega con honor
La vuelta al mundo.
Aventurero y gran señor,
Jugador y casi siempre ganador”

Las series de animación basadas en obras literarias o personajes históricos son un excelente medio para acercar estas materias, normalmente bastante arduas, a los niños. Posiblemente por ello, los años 80 fueron una década en la que este tipo de productos abundaba, con Dartacán y los tres Mosqueperros y La vuelta al mundo de Willy Fog como máximos exponentes de las virtudes y peligros de esta tendencia.

Porque, si bien es cierto que la serie protagonizada por un león convertido en un auténtico gentleman británico que, acompañado de su mayordomo francés y su mascota, vivía mil aventuras mientras intentaba dar la vuelta al mundo en menos de 80 días para ganar una imposible apuesta gestada en un salón de su club social londinense constituyó el primer acercamiento de toda una generación a la obra de Julio Verne, también es cierto que para muchos fue su único acercamiento.

Así que, por obra y gracia de esta adaptación de la novela de Verne y sus enormes licencias —el simpático ratón Tico y su reloj de sol, sin ir más lejos—, para una gran parte de la población que creció con esta serie el mayordomo que acompañaba a Fog en su aventura se llamaba Rigodón, en lugar de Passepartout —o Picaporte, según la traducción—. Sobre que el apostador protagonista de la historia —Phileas Fogg— sea universalmente conocido como Willy Fog no me voy a pronunciar.

Es algo que escapa a toda comprensión humana. Pero es así, incluso para quienes hemos leído la novela. El poder de la televisión. Willy Fog.

La vuelta al mundo de Willy Fog, Créditos de apertura, 1984.

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