Patty era una simpática conejita, hija del cartero del pueblo, que llevaba una especie de pulsera de perlas en una de sus orejas y vivía mil aventuras junto a su amigo el osezno Bobby en la Aldea del Arce, ante la atónita mirada de una nutria que se pasaba el día pescando y no dejaba de repetir «¡qué curioso!» cada vez que los pequeños pasaban corriendo ante él.

Básicamente ese es el argumento de La aldea del Arce, otra coproducción animada nipona que intentaba inculcar valores a los niños de los 80 a través de las historias vividas por los animales antropomorfos que habitaban dicha aldea. Llegados a este punto, tengo que reconocer que tengo un cierto conflicto con esta serie, ya que, aunque reconozco solía verla, con el paso del tiempo me he dado cuenta de que las historias que contaba eran tan dulces y almibaradas como el jarabe que se extrae del árbol que daba nombre al pueblo.

Por ello, sé que no sería justo que calificase aún más una serie que intentaba cumplir una función pedagógica, aunque —me temo— no haya envejecido demasiado bien, diciendo, como ya hiciera al hablar de los pequeños Picapiedra, que lo único bueno eran los chicles. Sobre todo, porque traían unas pegatinas de los personajes que servían para rellenar un pequeño álbum y a mí siempre me faltaron tres.

De hecho, ahora que lo pienso, puede que parte de mi animadversión hacia la serie naciera en el hecho de que jamás pude completar la colección. Lástima de álbum.

La aldea del Arce, Créditos de apertura, 1986.

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