El personaje de Pumuki posiblemente encarnó lo que todos los niños de los años 80 hubiesen querido ser o, al menos, hacer. Porque este pequeño duende pelirrojo podía dedicarse —y se dedicaba— a perpetrar todo tipo de trastadas gracias a que poseía la facultad de permanecer invisible ante los ojos de cualquier ser humano. Bueno, de casi cualquier ser humano, porque desde el día en que quedó pegado a un bote de cola en el taller del señor Eder, el viejo carpintero no sólo se convirtió en la única persona capaz de ver a Pumuki, sino que ambos quedaron unidos para siempre por una complicada relación entre la amistad y la protección mutua.

Pese a que en la mayoría de los capítulos los planes de Pumuki no saliesen bien y tuviese que ser rescatado por el señor Eder, que acababa imponiéndole algún tipo de castigo, el travieso duende animado siempre fue un personaje muy querido por los seguidores de la serie que, posiblemente, no hacían más que proyectar sus anhelos y fantasías infantiles en un dibujo animado que interactuaba con seres humanos y presumía de ser colosal.

Pumuki, Créditos de apertura, 1982-1989.

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