El pasado mes de agosto, mientras hacíamos limpieza en una especie de trastero de casa me encontré con un par de cajas en las que se guardaban la práctica totalidad de los libros de texto que utilicé a lo largo de la E.G.B., desde Primero hasta Octavo. Entre ellos, se encontraban dos libros de lectura a los que guardo un cariño especial y que ya daba por perdidos.

A estas alturas, no creo que decir que he sido un lector compulsivo durante prácticamente durante toda mi vida sea una confesión escandalosa. Pero sí que servirá para entender por qué me hizo ilusión encontrarme con unos libros que tienen ya casi treinta años y están, literalmente, cayéndose a cachos: empecé a leer con sus historias. Y, por eso, hoy recuerdo que las primeras páginas de Alameda, ese libro en cuya portada verde —nunca supe por qué— dormían dos enormes leones pardos, venían impresas en una tipografía que imitaba la caligrafía manual. Sin embargo, hacia la mitad consideraba ya a sus pequeños lectores lo suficientemente grandes como para empezar a leer en letras de molde y, por ello, a partir de ese punto, cambiaba a tipos de imprenta.

No sé por qué, ese razonamiento quedó grabado en mi mente. Fue lo primero que pensé cuando me encontré con el libro hace un par de meses. Y eso fue, precisamente, lo que me impidió tirarlo a la basura. Y, por eso, ahí está, dentro de una caja junto con las pocas cosas que se salvaron de ese zafarrancho al que llamamos limpieza general.

Alameda

Alameda, lecturas «felinas» para el Ciclo Inicial de la Educación General Básica.

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