Durante muchos años, Gillette ha sido el líder indiscutible en el sector del afeitado masculino. Es cierto que durante los años 80, debido al aumento de la popularidad de las maquinillas desechables, vio peligrar seriamente su hegemonía, pero el lanzamiento de un nuevo producto, unido a una reformulación del concepto del afeitado y a una agresiva y arriesgada campaña publicitaria —que literalmente condenaba al ostracismo a sus productos anteriores— y que hoy se ha convertido en un caso de estudio de estrategia empresarial en muchas facultades (en la mía lo fue), sirvió para que en los años 90 la empresa pudiera recuperar su posición.

Porque si hay algo que a lo largo de su historia ha sabido hacer muy bien esta compañía es apelar a los sentimientos de sus consumidores. Algo que, a mi juicio, logró a la perfección con una campaña mundial lanzada a finales de los años 80 y que hizo que muchos niños de la época quisieran alcanzar de inmediato la edad suficiente como para poder afeitarse.

De hecho, estoy casi convencido de que ese anuncio fue la principal razón —por supuesto inconsciente— por la que la primera maquinilla no desechable que compré era Gillette. Y, muy probablemente, se aplica también para la segunda. Porque, muy probablemente, esa canción —«De padres a hijos, seguimos un rumbo fijo»— y ese eslogan calaron muy hondo en el subconsciente colectivo. No en vano, aún hoy, sigue siendo «lo mejor para el hombre». O, al menos, eso dicen.

Gillette, Lo mejor para el hombre, c 1989.

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