Cuando apenas me quedan 110 entradas por escribir para finiquitar este proyecto, cada vez que me doy cuenta de que no he escrito acerca de una serie, programa o personaje cuyo recuerdo infantil se me antoja fundamental para explicar (me) quien soy hoy —hago excepción de los que deliberadamente estoy reservando para las últimas entradas— siento un impulso casi irrefrenable de darme unos cuantos cabezazos contra el teclado. Pero, por suerte, logro controlarlo. Básicamente porque el ordenador me costó bastante dinero y aún es relativamente nuevo y porque solo tengo una cabeza y si la estropeo más de lo que está igual voy a tener un problema.

Hecha esta innecesaria aclaración, tengo que reconocer que es justo así como me he sentido al revisar la lista de temas que quiero tratar y descubrir que aún no había escrito ni una sola línea sobre uno de los personajes más carismáticos de la factoría Hanna-Barbera y, seguramente, de los más recordados por muchísimas generaciones: el oso Yogui.

Y, creo, que muy poco más hay que añadir. Porque me resulta inconcebible que exista alguien, con independencia de la década en la que naciera, que no recuerde a este entrañable a la vez que pícaro y ligeramente insoportable —al menos para el guarda Smith— oso pardo con tendencia a hablar usando pareados que vivía en el Parque Nacional de Yellowstone junto a su amigo Bubu y cuya mayor ocupación era meterse en toda clase de líos mientras intentaba robar la cesta de la merienda —con sus correspondientes emparedados— a los incautos excursionistas que visitaban el parque. Por suerte —o por desgracia, según se mire—, prácticamente nunca lograba su objetivo.

El Oso Yogui, Créditos de apertura, 1958-1962.

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