Aunque muy al comienzo de esta bitácora acusé a la serie Candy Candy de ser la precursora de los culebrones en España, revisando mis recuerdos televisivos he llegado a la conclusión de que, quizá, anduve un poco precipitado en mis conclusiones. Porque si nos atenemos al sentido estricto del término —una historia cuyo desenlace se posterga una y otra vez— y prescindimos de las artimañas e intrigas que urden el resto de los personajes para evitar que el héroe (o la heroína) alcance su final feliz, tal vez en las desventuras del pobre Marco tenemos un ejemplo de cómo alargar una lacrimógena historia casi hasta la extenuación.

Lo que Edmundo de Amicis cuenta en unas pocas páginas de Corazón —en forma de relato breve incluido en la novela— se transforma en la odisea de 52 episodios de un niño que abandona su Italia natal, camino de Argentina, donde emprenderá una agónica búsqueda de su madre, emigrante en el país, de la que habían dejado de tener noticias varios meses antes.

Mientras busca a su madre, vivirá toda clase de aventuras junto a su inseparable mono Amedio —que no Amelio—, con quien recorre alegremente el país andino siguiendo los esquivos movimientos de su madre. En fin, una mezclla de aventuras y drama —recuerdo un capítulo en el que le hablaban de una mujer gravemente enferma que podría ser su madre y, sin serlo, se hacía pasar por su hijo para que la mujer muriese feliz—, que culminará cuando Marco finalmente encuentre a su madre y pueda regresar a a ese puerto italiano al pie de las montañas junto a ella.

O no, quién sabe. Porque dudo de que alguien haya aguantado, uno tras otro, los 52 agónicos episodios que conforman este dramón digno del mejor de los culebrones japoneses que nos traslada de los Apeninos a los Andes con paradas en todas las estaciones del recorrido.

Marco, Créditos de apertura, 1976.

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