Por tercera —y creo que última— vez voy a dedicar una entrada a Pepa Pérez, aquella simpática niña que cada vez que detectaba un problema que necesitara de su intervención pronunciaba un conjuro que la transformaba en Pepita Pulgarcita, para desesperación de su amigo el cuervo Viriato.

Y lo voy a hacer recordando la más inverosímil de sus aventuras, aquella en las que tuvo que hacer uso de todo su ingenio y habilidad para lograr aterrizar sano y salvo un avión teledirigido, después de que a su dueño se le cayera el mando a distancia al suelo y perdiera el control del aparato.

Ya desde niño, cada vez que veía este vídeo me preguntaba cómo era posible que alguien creyese que un avión teledirigido poseería una cabina dotada de todos los mandos necesarios para pilotarlo desde dentro y que, además, estos fuesen plenamente operativo. A mi —demasiado precoz— mente analítica le parecía algo descabellado. Sin embargo, cerca de tres décadas después, he llegado a la conclusión de que, teniendo en cuenta que es necesario que una niña recite un conjuro y se convierta en una especie de hada voladora para poder pilotarlo, esa cuestión carece de cualquier importancia.

Barrio Sésamo, El avión (Pepita Pulgarcita), c. 1984.

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