Interrumpimos nuestra programación habitual y nos desplazamos media década atrás en el tiempo para traer una canción que, por muy beligerante con el laísmo que sea —y los traductores y dobladores de Bones muy bien harían en enterarse de que lo soy—, no puedo dejar de escuchar ningún 9 de noviembre.

Este tema es uno de esos que, no sabes muy bien por qué, lo tienes clavado en la memoria formando parte de alguno de tus primeros recuerdos. De hecho, sé que lo escuché por primera vez en la vieja casa de mis abuelos, por lo que tuvo que se antes de enero de 1984. Lo escuchaba —y probablemente cantaba— alguna de mis tías mientras hacía alguna tarea de la casa y su estribillo, entre melancólico y esperanzador, me debió de dejar bastante impresionado, aun sin ser capaz de entender su significado.

Tiempo más tarde, pero todavía en los 80, La Década Prodigiosa lo incluyó en uno de sus populares popurrís y la sensación volvió. Con el paso de los años, conocí el trágico final de Cecilia, comprendí la triste historia que ocultaba la canción y me siguió gustando. Cada vez más. Tanto, que hoy es ya casi obligado escucharla cada 9 de noviembre.

Aunque eso último es, quizá, porque me recuerda a mis primeros años de infancia, a aquellos irrepetibles momentos vividos en la vieja casa de mi abuela.

Cecilia, Un ramito de violetas, 1975.

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