“Estoy llorando en mi habitación
Todo se nubla a mi alrededor
Ella se fue con un niño pijo
Tiene un Ford Fiesta blanco
Y un jersey amarillo”

A mitad de los años 80, tener un Ford Fiesta —aunque fuese de primera o, si acaso, segunda generación y de color blanco— era probablemente estar a la última y casi con total seguridad convertiría a su flamante propietario en una de las personas más populares de su barrio, capaz de levantarle la novia a cualquiera. Que no tuviera otro Ford Fiesta o, quizá, un Renault Supercinco.

Precisamente eso fue lo que le pasó a un joven David Summers que, lejos de vengarse del niño pijo, destrozándole el coche, llenándole el cuello de polvos picapica o quemándole su jersey amarillo, decidió contarlo en una canción que acabó lanzando a Hombres G al estrellato. La venganza, en cambio, se plasmó un par de años después en una película autobiográfica de la que hablaremos en otro momento.

En cualquier caso, visto el éxito posterior de la banda, si yo hubiese sido la chica que dejó a David Summers por el niño pijo del Ford Fiesta blanco y el jersey amarillo aún estaría dándome cabezazos contra las paredes.

Hombres G, Devuélveme a mi chica, 1985.

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