Un reputado psiquiatra instala su consulta en casa para, mientras su mujer trabaja fuera, poder compaginar el tratamiento de sus pacientes con las tareas del hogar y la educación de sus tres hijos. Si hoy este argumento no parece nada realista, no quiero pensar cómo podría sonar en 1985, año en el que la cadena ABC estrenó Los problemas crecen, una recordada comedia de situación que responde al argumento antes citado y no a lo que deben pensar los miembros del Gobierno de Mariano Rajoy cada vez que abren un periódico y se dan de bruces con la cruda realidad.

En emisión desde septiembre de 1985 hasta abril de 1992 en Estados Unidos —algo más tarde en España—, me atrevería a decir que esta serie es tan recordada como mal ha envejecido. Es decir, mucho. Porque el paso del tiempo no ha tratado muy bien ni las buenrrollistas aventuras de los Seaver —Pero, ¿esa no era una foca ecologista que protagonizó otra serie ochentera de la que no voy a hablar?— ni las posteriores carreras de sus dos hijos adolescentes, comenzando por el problemático Mike, encarnado por un Kirk Cameron que de sex symbol de quinceañeras pasó a convertirse en un pastor evangélico o de religión similar y convicciones un tanto extremistas, y concluyendo con Tracy Gold, que de interpretar a la sabihonda y responsable Carol pasó a ser asidua de toda clase de dramas que tanto gustan a los programadores de Antena 3 para amenizar —es un decir— las sobremesas de los fines de semana.

Así que solo nos queda hablar del personaje de Luke Browen, otro adolescente problemático y abandonado por sus padres que fue acogido por los Seaver en una de las últimas temporadas. Pero como este personaje es el culpable de la existencia cinematográfica de Leonardo di Caprio y, además, apareció ya en los 90, me niego a hablar de él. Es más, tal vez debería pedir cita a mi psiquiatra.

Los problemas crecen, Créditos de apertura, 1985-1992.

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