Las aventuras de Evie Garland, una adolescente que descubre que posee el poder de parar el tiempo juntando sus dos dedos índices, descongelar a quien quiera con solo tocarlo y volver a reanudar su paso normal uniendo las palmas de las manos, conformaban el punto de partida de De otro mundo, una comedia de situación que llegó a España dentro de ese enorme contenedor llamado Cajón desastre y que no tenía más pretensiones que entretener a través de los distintos líos en los que Evie se veía envuelta a causa de su poder y de los que intentaba salir más o menos, pero aprendiendo la lección por el camino. O no.

Lo más destacable de esta serie es, sin duda, la forma en la que nos contaba la historia de los padres de la protagonista, un extraterrestre del que hereda sus poderes y con el que se comunica a través de una especie de lámpara de cristal con forma de rombo, y una terrícola con la que vive desde que el extraterrestre se vio obligado a volver a su planeta. Y es lo más destacable porque, en el escaso minuto que se emplea para mostrar la vida anterior a la serie de los personajes, a pesar de que el padre aparece en numerosas escenas, jamás vemos su cara, algo que siempre se me antojó un claro antecedente de Wilson Wilson, el paciente vecino de los Taylor que protagonizaban la absurda —y no por ello menos hipnotizante— Un chapuzas en casa, serie en la que, por cierto, pudimos ver dar algunos de sus primeros pasos televisivos a una jovencísima —al menos en apariencia— y nada siliconada Pamela Anderson. Pero eso fue en 1991, así que no toca. Aunque paremos el tiempo juntando dos dedos.

De otro mundo, Créditos de apertura, 1987-1991.

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