“La vida es así (la vida es así)
Llena de encantos y de emoción
Es un bosque, un río, lluvia viento y sol
Es el vuelo de una paloma
Es el el canto de un ruiseñor
Una flor que se abre en el centro de tu corazón”

Habiendo estudiado no una, sino dos carreras de letras, todavía hoy no logro explicarme por qué siempre me gustó mucho más Érase una vez la vida, una de las muchas coproducciones internacionales en las que participó Televisión Española, que su predecesora, enfocada en mostrar los avances de la humanidad a lo largo de su historia.

Quizá esa mayor querencia por esta serie se debe a la peculiar forma con la que mostraba «la fabulosa historia del cuerpo humano», convirtiéndolo en una suerte de ecosistema que imitaba a una sociedad en la que cada uno de los personajes que ya conocíamos por las series anteriores desempeñaba una función determinada y eso me resultaba fascinante. O, quizá, porque la repitieron tantas veces que uno, como si se tratase de Verano azul, acabó cogiéndole cariño.

Porque de lo que casi estoy seguro es que no fue a causa de los chicles Dubble Bubble y su álbum de cromos, ya que, como me ocurriera con el de La almibarada aldea del Arce, nunca lo pude terminar.

También estoy casi seguro de que los linfocitos B que aparecían en esta serie, junto a sus futuristas naves espaciales, sirvieron de inspiración a los creativos que desarrollaron las primeras campañas del Equipo Actimel para Danone. Pero, parafraseando una vez más a Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Érase una vez la vida, Créditos de apertura, 1986.

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