Hace muchos años que tengo muy claro que el día que el mundo sucumba a los efectos de una plaga mortal de zombis o algún psicópata o ente procedente salido de una película de terror seré de los primeros en morir. Justo desde aquella época en la que desembarcó en mi casa alrededor de una docena de títulos de aquella colección infantil titulada Elige tu propia aventura.

Como su propio nombre indica, se trataba de una suerte de libros interactivos en los que cada dos o tres páginas tenías que escoger entre dos alternativas para decidir cuál sería el curso de la narración a partir de ese hecho y dirigirte a la página que indicase la opción escogida. Aunque conozco algún caso en el que el lector entró en un círculo vicioso que lo llevó a estar eligiendo su propia aventura durante casi una semana, gracias a un extraño bucle que lo dirigía a experimentar situaciones que ya había vivido con anterioridad, debo confesar que yo era incapaz de sobrevivir a la segunda o tercera decisión. Escogiese lo que escogiese, acababa fuera de la historia, malherido o, sobre todo, muerto.

Con estos antecedentes, comprenderán que todavía hoy odie profundamente los libros de esta colección.

Elige tu propia aventura 1

«Viaje submarino», «El abominable hombre de las nieves» o «El secreto de las pirámides»; daba igual el tema del que tratara la aventura, que yo saldría de ella a las primeras de cambio.

Elige tu propia aventura 2

Mucho antes de la teletienda, el llamativo bocadillo de la esquina superior izquierda de cada libro fue el primer caso de publicidad engañosa que sufrimos.

Elige tu propia aventura 3

«Si decides escapar ahora, pasa a la página 39». «Si resuelves andarte con rodeos para ganar tiempo, pasa a la página 94». Daba igual lo que hiciera: acabaría muerto pocas páginas después.

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