En un humillante pero necesario ejercicio de sinceridad, tengo que comenzar esta entrada confesando que, pese a poseer un gran significado emocional para muchos treintañeros como yo, jamás he tenido la ocasión —o las ganas suficientes, porque no recuerdo Navidad en la que no la hayan emitido— de ver La princesa prometida, sin duda un grave pecado por el que una amiga no me perdonará jamás. Pese a ello, voy a tomar prestado un recuerdo universal para el día de hoy.

Porque, ahora que —en el momento de escribir estas líneas, porque en esa serie nunca se sabe— soy fan absoluto del atribulado Saul Berenson de Homeland, no puedo dejar de reconocer que, probablemente por los motivos que señalaba más arriba, la frase que pronunció un joven Mandy Patinkin en esa cinta —¿En serio hace falta que la reproduzca?— es desde hace unos cuantos años un auténtico icono generacional que identifica a millones de personas a lo largo de todo el planeta. Tanto, que también yo me he descubierto entonándola a viva voz en más de una ocasión.

Así que ya lo saben. Si se encuentran con Íñigo Montoya, prepárense a morir.

La princesa prometida, Íñigo Montoya venga a su padre (Fragmento), 1987.

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