Las series que emitía Televisión Española los sábados por la tarde constituyen uno de los recuerdos televisivos y personales más vivos que guardo de los años 80. Los protagonistas de V, El coche fantástico, El Equipo A, pero, sobre todo, MacGyver eran personajes que todos los niños de la época soñábamos con ser.

Porque éramos incapaces de imaginar nada mejor que ser una especie de aventurero habilidoso que recorría el mundo haciendo el bien por cuenta y obra de la opaca Fundación Phoenix —que, vista con ojos actuales, suena tan siniestra como la Fundación para la Ley y el Orden que daba trabajo a Michael Knight—, conducía un Jeep descapotable y vivía en una casa flotante. Pero lo que realmente molaba de MacGyver —además de su frondosa melena rubia que, todavía hoy, mantiene a Patty y Selma Bouvier enamoradas de Richard Dean Anderson— era su asombrosa capacidad para salir de todo tipo de situaciones comprometidas recurriendo únicamente a su ingenio, su inseparable navaja suiza —ya me gustaría ver cómo la pasaría hoy por los controles de seguridad de los aeropuertos—, un poco de cinta americana y tres tonterías que tuviese a mano. Daba igual que intentara escapar de un campamento de los etarras de Sendero Luminoso, que de una central nuclear en alerta máxima y gobernada por un ordenador que se había vuelto loco e intentaba matar a nuestro héroe y a la ingeniera que lo programó ahogándolos en residuos radioactivos o enviando un ejército de robots a aniquilarlos, que él era capaz de crear una bomba con un clip y un chicle usado para provocar una explosión que abriese cerraduras inexpugnables o, simplemente, distrajera a los malos y le permitiera huir.

Porque, eso sí, pese a vivir toda clase de aventuras que ponían una y otra vez su vida en peligro y aunque ya en aquella época quisieran hacernos creer lo contrario, MacGyver jamás empuñó un arma de fuego. Al menos, en el sentido que se considera convencional —porque sí podía desmontarlas y usar una de sus piezas como llave inglesa, por ejemplo— y, al igual que el resto de protagonistas de estas series épicas que nos embelesaban, soy incapaz de recordar un capítulo en el que matara a una sola persona, aunque fuese por accidente.

Ni siquiera llegó a usarla en aquel capítulo en el que era secuestrado y lo sometían a una terapia de hipnosis y lavado de cerebro para que asesinase a —creo recordar— un importante político de un país africano cuando, en medio de su discurso, dijera aquella frase —«desde el fondo de mi corazón, les saludo»— que luego quedó marcada a fuego en nuestra memoria, o al menos en la de mi hermano y en la mía.

Ni mucho menos intentó matar a la torpe Penny Parker, una aspirante a actriz sin suerte que no dejaba de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno y meterse en líos en los que después acababa enredando a MacGyver. Quizá, si lo hubiera hecho nos habríamos ahorrado la carrera posterior de Teri Hatcher y en algo habríamos salido ganando.

Sin embargo, como ya he dicho en alguna ocasión, el paso del tiempo dulcifica nuestros recuerdos y al final resulta que no es oro todo lo que reluce. Ni siquiera los trucos que, fruto de su ingenio, salvaban a nuestro héroe en dos o tres ocasiones por episodio. Porque aunque en aquella época nos los vendieran como ajustados a la física y, por tanto, completamente verosímiles, tuvieron que llegar los Cazadores de Mitos —quizá los macgyvers inversos de esta época— para demostrar lo que ya sospechábamos: que la mayoría eran fruto de las calenturientas mentes de los guionistas. Porque, por mucho MacGyver que seas, es imposible fabricar una bomba con un clip y un chicle mascado y pretender que funcione.

Al final, resultó que MacGyver también era un ídolo con pies de barro y acabó siendo otro icono derribado. Y no sólo por lo fantasioso de sus ingeniosas huidas. Sino por cosas tan absurdas como los etarras de Sendero Luminoso. Porque lo primero es perdonable —de hecho, en el fondo de nuestro corazón lo sabíamos—, pero lo segundo da auténtica vergüenza ajena.

Pero, pese a todo, nos sigue gustando casi tanto como su marchosa sintonía.

MacGyver, Créditos de apertura, 1985-1992.

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