“Siempre que vuelves a casa,
Me pillas en la cocina,
Embadurnada de harina
Con las manos en la masa.

Niña, no quiero platos finos
Vengo del trabajo
Y no me apetece pato chino
A ver si me aliñas
Un gazpacho con su ajo y su pepino”

Mis recuerdos de Con las manos en la masa están bastante definidos y, supongo que por ello, son también bastante abundantes. Ayuda, imagino, que se emitiera hasta 1991. Entre ellos se encuentra el formato del programa, una distendida entrevista —mejor, una charla— entre la gran Elena Santonja y su invitado, una personalidad de la cultura, el deporte o la política, que, mientras cocina un par de platos con algún significado especial para él, le relata todo tipo de anécdotas de su vida. También destacan la decoración de la cocina, que no puede negar su esencia ochentera y, por supuesto, la inolvidable sintonía del programa, interpretada por Vainica doble y el aún mayor Joaquín Sabina. Apostaría cualquier cosa a que la mayor parte de los niños de los 80 aún la recordamos casi en su integridad.

Sin embargo, como las sensaciones son las que mandan en esto de la memoria, esa canción siempre me transporta a una tarde de diciembre de 1985 o 1986, probablemente del día 24, en la que, mientras mi padre terminaba de dar los últimos toques al portal de belén —el belén siempre fue una tradición en mi casa que poseía su propio ritual, que incluía finalizarlo el día de Nochebuena— mi hermano y yo veíamos un episodio de este programa, mientras intentábamos no desesperar ante la inminente, pero a la vez lejana, visita de Papá Noel.

Ese nerviosismo infantil y el frío de la tarde invernal, probablemente lluviosa, son dos sensaciones que, por encima de cualquier recuerdo gastronómico o televisivo, siempre estarán ligadas a Con las manos en la masa. Y eso es algo de lo que muy pocos de los espacios televisivos que han aparecido por aquí pueden presumir.

Después de haber escrito ya sobre este programa, todo un referente en su género y también de la década que nos ocupa, hace más de seis años, no creía que pudiera reflejarlo aquí sin llegar a repetirme. Pero, después de esta confesión, creo que hoy el plato no me ha quedado tan mal.

Con las manos en la masa, Créditos de apertura, 1984-1991.

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