Recuerdo un monólogo de Manolo Vieira de aquella época en la que nadie más hacía monólogos, en el que, hablando de los detectives de las series de televisión, aseguraba que si alguna vez se encontraba con Jessica Fletcher en una guagua se bajaba en la siguiente parada, porque aquella adorable viuda escritora de novelas de misterio era gafe. Dondequiera que iba, aparecía un muerto.

Y no le faltaba razón. Al menos, es normal que los inspectores de homicidios, agentes del FBI o, hasta cierto punto, los detectives privados que protagonizan series de televisión se relacionen con cadáveres fruto de muertes violentas en su vida diaria. Pero eso no es —o debería ser— lo habitual para una escritora que vive en la (no tan) tranquila y ficticia localidad de Cabot Cove. Por eso —y supongo que para no esquilmar demasiado la población de esa villa pesquera de la costa de Maine—, en bastantes episodios seguíamos las aventuras de la señora Fletcher por distintas ciudades de los Estados Unidos donde, casualmente, asesinaban a alguien y a ella no le quedaba más remedio que resolver el crimen, para desesperación de los casi siempre ineptos policías encargados del caso y, por supuesto, del culpable.

Pese a todo, esta serie se mantuvo durante doce temporadas en el aire sin apenas cambiar su estructura, más allá de sustituir la vieja máquina de escribir en la que la protagonista escribía sus historias en los créditos iniciales por un moderno conjunto de ordenador personal e impresora y de trasladar la residencia de la escritora a Nueva York durante las últimas temporadas, decisión tal vez tomada ante el temor de estar a punto de terminar con todos los vecinos de Cabot Cove.

Y, sin embargo, el recuerdo que nos ha dejado la señora Fletcher, con su halo de abuelita ingenua capaz de asestarte una puñalada verbal por la espalda a poco que te descuides, es tan entrañable como machacona su también inolvidable sintonía.

Se ha escrito un crimen, Créditos de apertura, 1984-1996.

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