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Si algo me llamó siempre la atención de los gremlins, aquellos malvados y asquerosos seres verdes que nacían de los mogwais cuando comían después de la media noche, mucho más allá de sus ansias por destruirlo todo, era la fascinación que sentían por el clásico de Disney Blancanieves.

Porque en esta película en la que un padre regalaba a su hijo adolescente un adorable mowgai llamado Gizmo por Navidad, estaba claro que todo se iba a liar justo desde el momento en el que se enunciaban las tres reglas esenciales que la responsabilidad de cuidar a uno de estos inusuales seres requiere: no dejar que le dé la luz del sol, no mojarlo y, sobre todo, no darle de comer después de medianoche. Incumplidas las tres, cualquier cosa vale para acabar con los malvados gremlins. Desde cocinarlos en el microondas a triturarlos con la batidora, pasando por incendiar el cine donde, adorables ellos, tararean presas de la fascinación el archiconocido Hi Ho de los Siete Enanitos.

Sin duda, un nada navideño clásico de Navidad que este año he echado bastante de menos. Sobre todo aquella escena en la que estos adorables monstruitos atacaban a Papá Noel. Pero contar el porqué sería salirme del tema.

Los Gremlins, Los gremlins ven ‘Blancanieves’, 1984.

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En un humillante pero necesario ejercicio de sinceridad, tengo que comenzar esta entrada confesando que, pese a poseer un gran significado emocional para muchos treintañeros como yo, jamás he tenido la ocasión —o las ganas suficientes, porque no recuerdo Navidad en la que no la hayan emitido— de ver La princesa prometida, sin duda un grave pecado por el que una amiga no me perdonará jamás. Pese a ello, voy a tomar prestado un recuerdo universal para el día de hoy.

Porque, ahora que —en el momento de escribir estas líneas, porque en esa serie nunca se sabe— soy fan absoluto del atribulado Saul Berenson de Homeland, no puedo dejar de reconocer que, probablemente por los motivos que señalaba más arriba, la frase que pronunció un joven Mandy Patinkin en esa cinta —¿En serio hace falta que la reproduzca?— es desde hace unos cuantos años un auténtico icono generacional que identifica a millones de personas a lo largo de todo el planeta. Tanto, que también yo me he descubierto entonándola a viva voz en más de una ocasión.

Así que ya lo saben. Si se encuentran con Íñigo Montoya, prepárense a morir.

La princesa prometida, Íñigo Montoya venga a su padre (Fragmento), 1987.

Al igual que ocurriera con Grease por la misma época, un verano de finales de los 80 en el que mi hermano y yo pasamos unas semanas en casa de una de mis tías, acabamos viendo compulsivamente y casi a diario Sufre mamón, una suerte de película pseudoautobiográfica que contaba los orígenes de los Hombres G. Para ello, la cinta —que fue dirigida por el padre de David Summers y en la que aparecían toda clase de amigos y familiares de los miembros del grupo— tomaba como como base argumental la historia que se contaba Devuélveme a mi chica, canción que, todos convendremos, constituye todavía hoy el mayor éxito de la banda.

A diferencia de lo que ocurrió con Grease, algunos de cuyos diálogos soy todavía hoy capaz de recitar prácticamente de memoria, tras ese verano jamás he vuelto a ver la incursión cinematográfica de Hombres G. Y, por supuesto, no sólo no recuerdo ni uno solo de sus diálogos, sino que he borrado prácticamente todo rastro de la película de mi memora.

Aunque, por desgracia, esta entrada es la prueba palpable de que no la borré lo suficiente.

Sufre mamón, Tráiler, 1987.

La inteligencia artificial ha sido un tema recurrente para el cine y la televisión, ya sea con los inquietantemente humanizados robots de la Inteligencia artificial —¡mira tú qué original!— de Steven Spielberg o con el calculador, asombroso y bastante repelente Kitt. Pero muy de estos artefactos pocos serán tan entrañables como Número 5, el torpe robot protagonista de la película Cortocircuito que, diseñado para formar parte de un sofisticado programa militar, adquiere vida propia tras, como Frankenstein, ser alcanzado por un rayo.

La huida de sus creadores, los amigos que hace por el camino y, sobre todo, la evolución y el aprendizaje que experimenta a lo largo de toda la cinta hasta dejar de ser Número 5 y convertirse simplemente en Johnny 5 son quizá lo mejor de una película que, al igual que muchos otros niños de los 80, recuerdo con un gran cariño, pero que, seguramente, hoy no pasaría el examen de mi yo adulto. Y eso que el robot molaba bastante. Y, si no, que se lo digan a los creadores de Wall·e.

Cortocircuito, Tráiler (V.O.), 1986.

Todo comenzó la noche del 25 de octubre de 1985. Un aparcamiento desierto en un centro comercial de Hill Valley. Un Delorean. Un científico y su amigo adolescente. Un grupo de terroristas libios y una carrera desenfrenada por salvar la vida que acaba de forma accidentada en el mismo escenario 30 años atrás. A partir de ese momento, el único objetivo de Marty McFly será regresar al futuro sin cambiar demasiado la historia, lo que implica evitar que su madre se enamore de él y conseguir que termine en brazos de su padre.

¿En serio alguien necesita que le expliquen de qué va Regreso al futuro? Si la respuesta es afirmativa, mejor no les digan que unos años después viajaron a 2015 y al salvaje oeste de 1885, con una nueva parada intermedia en 1955. No saben lo que se han perdido.

Universal, Tráiler de Regreso al futuro, 1985.

No recuerdo el año exacto, pero sí que hacía poco que lo habíamos estrenado, porque a mi hermano pequeño todavía no le había dado por “guardar” lápices y galletas maría dentro del vídeo. Un día una de mis tías llegó a casa con una copia de la película Grease para que la viéramos durante el fin de semana. Sin embargo, la cinta se quedó durante todo el verano. Soy incapaz de decir cuántas veces la vimos en aquellos tres meses, pero aún hoy soy capaz de recordar algunos de sus diálogos casi de memoria.

Efectos secundarios del verano en que vimos Grease compulsivamente, supongo.

Olivia Newton-John y John Travolta, Summer Nights (B.S.O. Grease), 1978.

 

Ya sé que la película que da título a este apunte es de 1974, pero su recuerdo me impactó tanto que no me queda otro remedio que reflejarlo aquí. Sucedió, creo recordar, un sábado por la noche en el que Televisión Española decidió emitir El coloso en llamas. Yo tenía —seguro— menos de ocho años y medio y, sabiamente, mis padres me mandaron a la cama, pero como no podía dormir, me dediqué a espiar a ratos desde la puerta del salón.

Dos escenas —pido perdón por los posibles spoilers— me sobrecogieron muchísimo. En una, alguien, atrapado en una de las salas del edificio, rompe una de las ventanas para intentar respirar. El oxigeno, al entrar en la habitación, reacciona con el fuego cercano y la convierte en un infierno. La otra, es la explosión de uno de los helicópteros que intenta rescatar a las personas que están atrapadas en la azotea del rascacielos.

No recuerdo haber sufrido muchas pesadillas durante mi infancia. A lo sumo, recuerdo dos o tres noches con sus respectivos sueños. Puedo asegurar que esa fue una de ellas. Desde entonces, no he querido volver a ver esa película.

El coloso en llamas, Créditos de apertura y selección de escenas, 1974.

Mi primer, y muy borroso, recuerdo cinematográfico es ir con algunas de mis tías a ver E.T. en el desaparecido Cine Díaz de Arucas. Me acuerdo perfectamente de que en la sala no cabía ni un alfiler y de que me preguntaba por qué ese bicho tan raro al que se le encendía un dedo no paraba de repetir “mi casa” y “teléfono”. Y de unas bicicletas voladoras.

Jamás lo olvidaré.

Amblin Entertainment, E.T., 1892.

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