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Hoy se cumplen 28 años de la explosión del transbordador espacial Challenger, uno de los tres grandes desastres sufridos por la NASA a lo largo de la carrera espacial y que, junto al accidente sufrido por el Columbia, 17 años después, supuso una paralización del programa de transbordadores espaciales y, a la postre, uno de los elementos que condujo a su cancelación definitiva.

Las imágenes de la desintegración de la nave, apenas 73 segundos después de ser lanzada hacia el espacio han quedado grabadas en la memoria de todos los que las vieron aquel día, causando un impacto casi tan grande como las de Tejero irrumpiendo en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981 —un hecho que no mencioné aquí el año pasado porque ese año era demasiado pequeño como para recordarlo «de primera mano»—. De hecho, al igual que ocurre con las imágenes del 23-F, hay miles de personas que aseguran haber sido testigos directos de ambos hechos histórico gracias a la retransmisión en tiempo real que hacía la televisión de ambos eventos.

Sin embargo, ni Televisión Española emitía en directo la sesión de investidura de Calvo Sotelo, ni las televisiones estadounidenses, salvo una incipiente CNN, hacían lo propio con el lanzamiento del Challenger —y, en este punto, no soy capaz de afirmar lo que hacía la única cadena española—, un hecho que, por otra parte, en aquellos momentos se consideraba prácticamente rutinario. Ambos sucesos, eso sí, estaban siendo grabados y se emitieron poco después de haber ocurrido, impactando entonces a todos los que se encontraban delante del televisor.

Incluyendo a un niño que estaba a punto de cumplir los ocho años, al que por Reyes le habían regalado un Electroun juego de preguntas y respuestas en el que se  completaba un circuito eléctrico al escoger la correcta, lo que hacía que se encendiera una luz— y que siempre se preguntó por qué incluía una ficha del cohete Apolo y otra del módulo lunar y ninguna del transbordador espacial.

La imagen de tu vida, La explosión del Challenger, 2006.

Creo que ya lo he dejado caer en más de una ocasión, pero nunca me cansaré de repetir que, si bien existen varios personajes de Barrio Sésamo que aspiran a hacerse con el segundo lugar en la clasificación del más entrañable, el primer puesto, junto con el de más abnegado, a pesar de que todo le salía siempre al revés, es, sin duda, para Coco.

Aunque sus desventuras le acompañan con independencia de su personalidad, nunca me parecieron tan sangrantes como cuando ejercía de Supercoco, quizá el antihéroe por excelencia. Como aquella vez que decidió ayudar a la pequeña Julia Romero, una niña que vivía en la ciudad de Jauja —de lo creíbles que eran los nombres no voy a hablar, al menos hoy—, a quien se le había roto la bolsa mientras volvía de la compra, con nefastas consecuencias para su persona. Como siempre.

Como todas las intervenciones de este héroe de capa púrpura y yelmo de armadura, su aparición viene precedida por dos interrogantes —«¿Es un pájaro? ¿Es un avión?»— y una constatación decepcionante: «No, es Supercoco». Y es que por regla general sus intervenciones, con un accidentado aterrizaje incluido, solían acabar siendo desastrosas. Algo de lo que no se libra en esta desventura en la que, gracias a su supercerebro, ayudó a la pequeña Julia Romero a solucionar su problema con la bolsa del supermercado. A costa, eso sí, de quedarse él con el problema de no saber dónde guardar todos sus cachivaches. Y es que sus superideas casi nunca eran geniales.

Nefastas consecuencias. Como siempre.

Barrio Sésamo, Supercoco, c. 1984.

Recuerdo un monólogo de Manolo Vieira de aquella época en la que nadie más hacía monólogos, en el que, hablando de los detectives de las series de televisión, aseguraba que si alguna vez se encontraba con Jessica Fletcher en una guagua se bajaba en la siguiente parada, porque aquella adorable viuda escritora de novelas de misterio era gafe. Dondequiera que iba, aparecía un muerto.

Y no le faltaba razón. Al menos, es normal que los inspectores de homicidios, agentes del FBI o, hasta cierto punto, los detectives privados que protagonizan series de televisión se relacionen con cadáveres fruto de muertes violentas en su vida diaria. Pero eso no es —o debería ser— lo habitual para una escritora que vive en la (no tan) tranquila y ficticia localidad de Cabot Cove. Por eso —y supongo que para no esquilmar demasiado la población de esa villa pesquera de la costa de Maine—, en bastantes episodios seguíamos las aventuras de la señora Fletcher por distintas ciudades de los Estados Unidos donde, casualmente, asesinaban a alguien y a ella no le quedaba más remedio que resolver el crimen, para desesperación de los casi siempre ineptos policías encargados del caso y, por supuesto, del culpable.

Pese a todo, esta serie se mantuvo durante doce temporadas en el aire sin apenas cambiar su estructura, más allá de sustituir la vieja máquina de escribir en la que la protagonista escribía sus historias en los créditos iniciales por un moderno conjunto de ordenador personal e impresora y de trasladar la residencia de la escritora a Nueva York durante las últimas temporadas, decisión tal vez tomada ante el temor de estar a punto de terminar con todos los vecinos de Cabot Cove.

Y, sin embargo, el recuerdo que nos ha dejado la señora Fletcher, con su halo de abuelita ingenua capaz de asestarte una puñalada verbal por la espalda a poco que te descuides, es tan entrañable como machacona su también inolvidable sintonía.

Se ha escrito un crimen, Créditos de apertura, 1984-1996.

¿Es posible ser una especie de híbrido entre humano y robot, algo así como un Robocop humanizado, y a la vez ser el policía más patoso del planeta? Por suerte para quienes crecimos en los años 80, la respuesta es que sí.

Tengo que confesar que he tenido la fuerte tentación de no añadir nada más —salvo el vídeo— al párrafo que abre esta entrada. Me parece que no hay nada que pueda escribir y que defina mejor el espíritu del Inspector Gadget, aquel detective torpe y despistado, pero equipado con todo tipo de cachivaches —los gadgets que tanto nos gusta asociar con la tecnología actual—, la mayoría de los cuales salían de su sombrero y le permitían desarrollar su trabajo que siempre llegaba a buen puerto gracias a la inestimable ayuda de su sobrina Sophie —armada con su inseparable libro ordenador, quizá un primitivo iPad— y su fiel e inteligente perro Sultán.

Las transformaciones de su furgoneta en un impresionante deportivo, el Jefe Gotier sufriendo las consecuencias de los mensajes autodestructivos que entregaba a Gadget, el malvado Doctor Gang acariciando a su gato y huyendo enfadado al final de cada historia o los consejos de seguridad con los que acababan todos los episodios, junto a frases tan míticas como «¡Adelante gadgetocópteroen la voz del inconfundible Jordi Estadella, son imágenes que nunca olvidaremos.

Como el francés inventado con el que, casi con total seguridad, todos cantamos alguna vez su inolvidable sintonía: «(Go go) Gadget à main / (Flash) Gadget au chapeau / (Hey ho) Gadget au poing / (Oh la) Elastico-Gadget».

El Inspector Gadget, Créditos de apertura, 1983-86.

En mi memoria, el de hoy es un programa mítico y sin embargo, según la Wikipedia, sólo se emitió entre el 8 de enero y el 12 de febrero de 1984. Pero es que un concurso en el que una pareja de concursantes, sin moverse del plató, tiene que guiar al periodista y aventurero Miguel de la Cuadra Salcedo y su helicóptero a lo largo del mundo en la búsqueda de pistas para encontrar un tesoro es por fuerza, además de espectacular, inolvidable.

Eso, sin contar que en aquella época no existían ni teléfonos móviles, ni Wikipedia, ni Google Maps. Sólo un par de libros y un mapa colgado de un caballete en el que Isabel Tenaille iba reflejando las evoluciones contra el reloj de Miguel de la Cuadra Salcedo y su helicóptero.

Además, el 8 de enero de 1984 fue un día muy ajetreado para mí: mi abuela se mudó desde la que entonces era su casa hasta la que hoy es la mía, en la que vivió algo más de tres años. Apenas dos momentos son los que recuerdo de ese día. Uno es ver entrar en el salón el 600 que tenía el, por aquel entonces, novio, y hoy marido, de una de mis tías cargado de ropa hasta los topes. El otro es estar sentado en el sofá, en medio del desastre propio de un día de mudanza, y ver este programa gracias a que el televisor tenía una antena de cuernos.

En mi defensa, sólo puedo argumentar que aún no había cumplido los seis años y hace ya ¡30! desde aquello. Hoy, de existir, el 600, el televisor y la antena de cuernos serían reliquias del pasado. Como el programa en el que Miguel de la Cuadra salcedo salía a la caza del tesoro a bordo de su helicóptero.

A la caza del tesoro, Fragmento, 1984.

Si series como Dallas o Dinastía sirvieron para descubrir a los españolitos de los 80 las miserias de las grandes familias petroleras estadounidenses, nuestra protagonista de hoy se convirtió en un auténtico fenómeno de masas en España —no así en Estados Unidos— al trasladar esas intrigas al ficticio y vinícola valle de Tuscany de la siempre más glamurosa California.

Sí, allí era donde se desarrollaban las intrigas que tenían como protagonistas a los Channing y los Gioberti, dos ramas del mismo clan familiar al frente del cual se encontraba Ángela Channing, una pérfida matriarca que gobernaba con pulso firme el destino de las bodegas de Falcon Crest.

Su fiel mayordomo Chao-Li, su malvado y ambicioso sobrino Richard —que luego resultaría no ser su sobrino—, los problemas que le causaba su díscolo nieto Lanceforjador del mito sexual de Lorenzo Lamas—, las discusiones con sus hijas, el eterno enfrentamiento con los cándidos Chase y Maggie Gioberti o con Melissa Agretti, mujer de su nieto y otra de sus archienemigas, o la presencia de un halcón en el patio de la casa son, sin duda, algunos de los elementos que todavía hoy recordamos de Falcon Crest.

Al igual que la evocadora sintonía que animaba unos créditos en los que no podían faltar las inevitables tomas aéreas tan características de estas series que seguían la limusina de Ángela Channing mientras atravesaba el Golden Gate y recorría el valle hasta llegar a la mansión victoriana, los globos aerostáticos y la presentación de los principales personajes de la serie –que alcanzaba su máximo exponente en la media vuelta de Susan Sullivan—, cerrada siempre por la eterna presencia del halcón que daba nombre a la finca.

Sí, Falcon Crest fue un éxito en España. Pero es que, a pesar de retratar la vida diaria de un auténtico nido de víboras, destilaba glamour –con hombreras y lentejuelas, vale, pero glamour al fin y al cabo— por los cuatro costados.

Falcon Crest, Créditos de apertura, 1981-1990.

No quiero finalizar esta experiencia nostálgica sin volver a recordar a uno de los personajes más entrañables de todos los que habitaban Barrio Sésamo. Y es que no hay nadie que pueda resistirse a la hilarante ternura que desprende el desmemoriado Juan Olvido, intentando recordar en una canción cómo conoció a su querida Clementina.

Y es que, aunque haya olvidado todos los detalles, Juan Olvido siempre recordará no sólo aquel día sin par en que nació su hermosa amistad con Clementina, sino su nombre. Y eso, junto a su siempre eterno «lo había olvidado», lo han convertido en un personaje tan adorable que siempre estará en mi memoria. Aunque también yo olvide las letras de sus canciones de vez en cuando.

O quién sabe si precisamente por eso.

Barrio Sésamo, Cómo olvidar aquel día sin par, 1984.

«Siempre que vuelves a casa,
Me pillas en la cocina,
Embadurnada de harina
Con las manos en la masa.

Niña, no quiero platos finos
Vengo del trabajo
Y no me apetece pato chino
A ver si me aliñas
Un gazpacho con su ajo y su pepino»

Mis recuerdos de Con las manos en la masa están bastante definidos y, supongo que por ello, son también bastante abundantes. Ayuda, imagino, que se emitiera hasta 1991. Entre ellos se encuentra el formato del programa, una distendida entrevista —mejor, una charla— entre la gran Elena Santonja y su invitado, una personalidad de la cultura, el deporte o la política, que, mientras cocina un par de platos con algún significado especial para él, le relata todo tipo de anécdotas de su vida. También destacan la decoración de la cocina, que no puede negar su esencia ochentera y, por supuesto, la inolvidable sintonía del programa, interpretada por Vainica doble y el aún mayor Joaquín Sabina. Apostaría cualquier cosa a que la mayor parte de los niños de los 80 aún la recordamos casi en su integridad.

Sin embargo, como las sensaciones son las que mandan en esto de la memoria, esa canción siempre me transporta a una tarde de diciembre de 1985 o 1986, probablemente del día 24, en la que, mientras mi padre terminaba de dar los últimos toques al portal de belén —el belén siempre fue una tradición en mi casa que poseía su propio ritual, que incluía finalizarlo el día de Nochebuena— mi hermano y yo veíamos un episodio de este programa, mientras intentábamos no desesperar ante la inminente, pero a la vez lejana, visita de Papá Noel.

Ese nerviosismo infantil y el frío de la tarde invernal, probablemente lluviosa, son dos sensaciones que, por encima de cualquier recuerdo gastronómico o televisivo, siempre estarán ligadas a Con las manos en la masa. Y eso es algo de lo que muy pocos de los espacios televisivos que han aparecido por aquí pueden presumir.

Después de haber escrito ya sobre este programa, todo un referente en su género y también de la década que nos ocupa, hace más de seis años, no creía que pudiera reflejarlo aquí sin llegar a repetirme. Pero, después de esta confesión, creo que hoy el plato no me ha quedado tan mal.

Con las manos en la masa, Créditos de apertura, 1984-1991.

Durante un buen rato he barajado titular esta entrada «El niño que conducía el bólido de la Pantera Rosa», pero finalmente consideré que era un spoiler demasiado explícito, aunque sólo lo fuera de la secuencia inicial de este espacio de dibujos animados protagonizado por el personaje que surgió de los créditos de la película homónima y se consagró en esta serie en la que vivía toda clase de desventuras, puesto que la identidad del conductor del futurista deportivo que recoge a la exquisita e indolente —al menos esa imagen es la que siempre me transmitió— Pantera Rosa y al Inspector Clouseau se conoce justo cuando llegan al teatro en el que se proyecta su particular show.

Iba a escribir, también, que sólo recordaba las secuencias iniciales y finales de la serie, gracias al coche o al hecho de que, al terminar la función, el joven chófer arranca cuando solo tiene como pasajero al Inspector y la desdichada Pantera, que si no había sufrido poco a lo largo de las historietas del capítulo, se ve obligada a salir corriendo tras su propio automóvil. Iba a escribir, por tanto, que sólo recordaba esas imágenes y, por supuesto, su pegadiza y marchosa melodía —nada que ver con el tema de la Pantera Rosa original, de Henry Mancini, y que se repetía machaconamente en todas las historietas, y que también es magnífico, ojo—, pero seguramente mentiría.

Porque, aunque es probable que no recuerde el argumento completo de ni una sola de las historias que aparecían en los capítulos de esta serie, hay imágenes como la de una desesperada Pantera intentando pintar de rosa todo lo que una misteriosa y puñetera mancha verde pintaba de ese color o la de la desdichada protagonista convertida en una esponjosa e ingrávida bola de pelo rosa tras salir de una lavadora en la que no recuerdo muy bien por qué cayó son inolvidables.

Y después de recordarlas, toca tararear la canción de su show. Una y otra vez. Como si no hubiera un mañana.

El show de la Pantera Rosa, Créditos de apertura y cierre, 1969-1972.

Las series que emitía Televisión Española los sábados por la tarde constituyen uno de los recuerdos televisivos y personales más vivos que guardo de los años 80. Los protagonistas de V, El coche fantástico, El Equipo A, pero, sobre todo, MacGyver eran personajes que todos los niños de la época soñábamos con ser.

Porque éramos incapaces de imaginar nada mejor que ser una especie de aventurero habilidoso que recorría el mundo haciendo el bien por cuenta y obra de la opaca Fundación Phoenix —que, vista con ojos actuales, suena tan siniestra como la Fundación para la Ley y el Orden que daba trabajo a Michael Knight—, conducía un Jeep descapotable y vivía en una casa flotante. Pero lo que realmente molaba de MacGyver —además de su frondosa melena rubia que, todavía hoy, mantiene a Patty y Selma Bouvier enamoradas de Richard Dean Anderson— era su asombrosa capacidad para salir de todo tipo de situaciones comprometidas recurriendo únicamente a su ingenio, su inseparable navaja suiza —ya me gustaría ver cómo la pasaría hoy por los controles de seguridad de los aeropuertos—, un poco de cinta americana y tres tonterías que tuviese a mano. Daba igual que intentara escapar de un campamento de los etarras de Sendero Luminoso, que de una central nuclear en alerta máxima y gobernada por un ordenador que se había vuelto loco e intentaba matar a nuestro héroe y a la ingeniera que lo programó ahogándolos en residuos radioactivos o enviando un ejército de robots a aniquilarlos, que él era capaz de crear una bomba con un clip y un chicle usado para provocar una explosión que abriese cerraduras inexpugnables o, simplemente, distrajera a los malos y le permitiera huir.

Porque, eso sí, pese a vivir toda clase de aventuras que ponían una y otra vez su vida en peligro y aunque ya en aquella época quisieran hacernos creer lo contrario, MacGyver jamás empuñó un arma de fuego. Al menos, en el sentido que se considera convencional —porque sí podía desmontarlas y usar una de sus piezas como llave inglesa, por ejemplo— y, al igual que el resto de protagonistas de estas series épicas que nos embelesaban, soy incapaz de recordar un capítulo en el que matara a una sola persona, aunque fuese por accidente.

Ni siquiera llegó a usarla en aquel capítulo en el que era secuestrado y lo sometían a una terapia de hipnosis y lavado de cerebro para que asesinase a —creo recordar— un importante político de un país africano cuando, en medio de su discurso, dijera aquella frase —«desde el fondo de mi corazón, les saludo»— que luego quedó marcada a fuego en nuestra memoria, o al menos en la de mi hermano y en la mía.

Ni mucho menos intentó matar a la torpe Penny Parker, una aspirante a actriz sin suerte que no dejaba de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno y meterse en líos en los que después acababa enredando a MacGyver. Quizá, si lo hubiera hecho nos habríamos ahorrado la carrera posterior de Teri Hatcher y en algo habríamos salido ganando.

Sin embargo, como ya he dicho en alguna ocasión, el paso del tiempo dulcifica nuestros recuerdos y al final resulta que no es oro todo lo que reluce. Ni siquiera los trucos que, fruto de su ingenio, salvaban a nuestro héroe en dos o tres ocasiones por episodio. Porque aunque en aquella época nos los vendieran como ajustados a la física y, por tanto, completamente verosímiles, tuvieron que llegar los Cazadores de Mitos —quizá los macgyvers inversos de esta época— para demostrar lo que ya sospechábamos: que la mayoría eran fruto de las calenturientas mentes de los guionistas. Porque, por mucho MacGyver que seas, es imposible fabricar una bomba con un clip y un chicle mascado y pretender que funcione.

Al final, resultó que MacGyver también era un ídolo con pies de barro y acabó siendo otro icono derribado. Y no sólo por lo fantasioso de sus ingeniosas huidas. Sino por cosas tan absurdas como los etarras de Sendero Luminoso. Porque lo primero es perdonable —de hecho, en el fondo de nuestro corazón lo sabíamos—, pero lo segundo da auténtica vergüenza ajena.

Pero, pese a todo, nos sigue gustando casi tanto como su marchosa sintonía.

MacGyver, Créditos de apertura, 1985-1992.

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