Si existe una serie que pueda ser reconocida —y casi definida, me atrevería a decir— por una sola frase esa es sin dura Canción triste de Hill Street y el paternal «Tengan cuidado ahí fuera» con el que tras la reunión matinal el sargento Phil Esterhaus despedía a los agentes que se disponían a emprender su jornada laboral patrullando las calles de una ciudad cualquiera del norte de Estados Unidos. Quizá, poco más hay que decir de esta serie, que alcanzó el estatus de mito casi desde el momento de su emisión y que, como tantas otras producciones de aquella década, siempre será recordada también gracias a su inolvidable e inconfundible sintonía y su cabecera de coches en movimiento y tomas aéreas.

Iba a escribir acerca del capitán Furillo, de su pareja, la fiscal Joyce Davenport, interpretada por la actriz luego especializada en dramas para las tardes de los fines de semana en Antena3 Veronica Hamel, y de algunos de los personajes recurrentes —agentes y delincuentes— que pasaban por la comisaría del deprimido barrio en el que se ubicaba la calle Hill. E incluso, del recuerdo más vivo que tengo de la serie —los demás son flashes, puesto que, como con tantas otras, yo era muy pequeño cuando se emitió—, correspondiente a su último capítulo, en el que la comisaría quedaba destruida en un incendio que, miren ustedes por dónde, en mi imaginación infantil que aún desconocía el significado musical de la palabra blues del título, se le antojó el mejor broche final posible para una serie que tenía una música tan triste como emocionante. Porque, una vez extinguido el fuego, pero con los rescoldos aún humeantes los policías de Hill Street continuaban con su labor.

Iba a escribir acerca de todo eso, pero con sólo recordar su comienzo me he dado cuenta de que no hace falta. Sobran las palabras.

Canción triste de Hill Street, Créditos de apertura, 1981-1987.

Si a comienzos de esta aventura bloguera dedicaba una de las primeras entradas sobre Barrio Sésamo a comentar la que probablemente es una de las dos canciones importadas de Estados Unidos que con más cariño recordamos los niños que crecimos con ese programa, hoy, que afrontamos nuestra penúltima cita semanal, no puedo menos que comenzar a despedirme con la otra.

Porque, si Está lloviendo hoy ya parecía una canción mítica, de esas que aún hoy eres capaz de cantar casi al completo —o sin el casi—, la historia de la niña que cada año aprovecha el cumpleaños de su llama para sacarla de paseo por las calles de Nueva York y llevarla al dentista, no es sólo mítica, sino completamente surrealista. E inolvidable. Y, ya se sabe, si a una llama, con esa impresionante dentadura, no le impresiona ir al dentista, mucho menos debían temer los niños de la época.

Son tantas —y tan dispares— las sensaciones que despierta este vídeo que después de verlo, a nadie debe extrañarle que la llama se llame Mari Chari —y no llama, como intentaba engañarnos la canción— y su dueña, a pesar de ser de Nueva York, Margarita.

Barrio Sésamo, Yo y mi llama, c. 1984.

Después de pasar casi un año buceando entre vídeos televisivos de los años 80, he constado la obsesión existente en aquella —e incluso antes— por emplear las pantallas partidas en los créditos iniciales de toda clase de programas. Las de series y, sobre todo, los grandes culebrones estadounidenses son míticas. Pero, aquí, en España, el paradigma es, sin duda, su empleo en la cabecera de una serie que nació con el ambicioso objetivo de conseguir que la sociedad comenzase a respetar a la fauna ibérica y a la naturaleza en general.

Imágenes de lobos, linces ibéricos, águilas, cabras montesas y hasta un jeep cubierto de barro justo en el momento de atravesar un lodazal, en frenética sucesión al ritmo de la música de Antón García Abril —por qué será que este compositor no deja de aparecer por aquí una y otra vez—, están para siempre ligadas al comienzo de El hombre y la tierra, el legado de incalculable valor que nos dejó el malogrado Félix Rodríguez de la Fuente y cuya reposición —muy frecuente en los años 80—, se me antoja siempre necesaria.

Aunque sólo sea por volver su ya mítico comienzo.

El hombre y la tierra, Créditos de apertura, 1974-1980.

“Correcaminos, eres mas veloz que un jet
Pobre Coyote, ya no sabe ni que hacer
Tonto Coyote, tú lo vas a enloquecer
Y en el desierto lo vas a matar de sed”

El Correcaminos siempre fue mi personaje favorito de todos los que poblaban el universo de los Looney Tunes. Su habilidad para escapar de todas las trampas —marca ACME— que le ponía Will E. Coyote y lograr —o no, que tal vez eso era natural— que se volvieran en contra de su perseguidor era algo que siempre me asombró. Por ello, la serie que protagonizaban esta pareja —y que creo recordar que se emitía los jueves a mediodía en la Segunda Cadena allá por la mitad de los años 80— era mi preferida, junto a la que recordaré la próxima semana, y todavía hoy ambas constituyen dos de los recuerdos más entrañables que guardo de aquella época.

Y eso que la estructura de El show del Correcaminos no era nada del otro mundo. Tan sólo dos cortos protagonizados por el veloz pájaro y el desdichado Coyote, separados por otro en el que la estrella era cualquier otro de los personajes clásicos de la Warner Bros., aunque por lo general solían ser Piolín y Silvestre. Pero, para mí, lo verdaderamente importante era descubrir de qué modo iba a ver frustrados sus planes el Coyote.

Con el paso del tiempo mis simpatías han ido cambiando y, aunque estos dos personajes me siguen gustando tanto como antaño, he descubierto que la chulería del Correcaminos —me paro mientras preparas tu trampa, saco la lengua, hago «bip-bip», y sigo corriendo mientras te cae una roca encima, el cartucho de dinamita te estalla en las manos o caes por un precipicio— ya no me cae tan bien y el pobre Coyote comienza a darme tanta pena que deseo con todas mis fuerzas que un día, tan sólo por un día, consiga atrapar al odioso Correcaminos.

Pero eso nunca ocurre y, tal y como decía la inolvidable canción con la que se abría este programa, «ni a base de golpes quiere entender [que] si sigue con sus tontas trampas se va a matar».

El show del Correcaminos, Créditos de apertura, 1966-1968.

Aunque la hora a la que sus notas comenzaban a sonar indicaban que era tiempo ya de estar en la cama, cada vez que escucho la sintonía que acompañaba a las imágenes de la cabecera de Cine Club, no puedo evitar que una multitud de recuerdos cinematográficos se agolpen en mi memoria. Y es que a esas escenas que se intuyen en el fondo de la pantalla mientras en el primer plano comienza a formarse la entrada de que daba acceso a una sesión de cine de verdad seguía precisamente eso. Una auténtica joya del cine clásico que, además, en sus primeros años era glosada por un espectador que daba al espectador algunas de las claves de la cinta que estaba a punto de disfrutar.

Gracias a esa sintonía y luchando contra el sueño, descubrí algunas películas cuyo recuerdo —con posterior revisionado o no— me ha acompañado durante toda mi vida y, estoy convencido, ha sido determinante en el hecho de que más de dos terceras partes de mi videoteca —¿existirá el término deuvedeoteca?— esté compuesta por películas rodadas antes de 1970.

Así que me da igual que pueda ser más de los 90 que de los 80. Si soy sincero, ni me he molestado en confirmar el dato. Porque esa cabecera se merece más que ninguna otra formar parte de esta recopilación de recuerdos. Y hacerlo justo cuando enfila su momento más importante, la recta final. Y porque su cautivadora y sobrecogedora música está compuesta por Nacho Cano. No se puede pedir más.

Cine Club, Cabecera, 1989-2010.

Hoy, muchos colegios e institutos de España celebran el Día Escolar de la No Violencia y la Paz, una jornada lúdico-reivindicativa que en mis tiempos se denominaba simplemente Día de la Paz y consistía en salir al patio del colegio —o reunir a varios centros del municipio en la plaza de la Constitución, delante del Ayuntamiento— para lucir camisas blancas, insignias y pancartas reivindicativas hechas en clase de Plástica, Ética o Religión, según se terciara, escuchar un par de discursos, soltar unas cuantas palomas blancas y cantar una serie de canciones —siempre las mismas— para, cual candidatas a Miss América —cuánto daño ha hecho Sandra Bullock y su Miss Agente Especial— pedir la paz en el mundo.

Y, tal vez por que fue compuesta a beneficio de Aldeas Infantiles y trataba de concienciar acerca de lo importante que es para los niños disfrutar de una infancia y de hacerlo en paz, lo cierto es que Que canten los niños era siempre el almibarado tema estrella del menú musical de esta jornada. Sin embargo, tengo que reconocer que a mí esta canción siempre me dio bastante mal rollo. Y eso que creo —todos tenemos un pasado del que avergonzarnos— que llegué a tenerla grabada en una cinta de casete hoy felizmente desaparecida.

Tal vez esa animadversión hacia este tema musical, evidentemente alimentada por multitud de años asistiendo a los actos escolares del Día de la Paz, se deba a que me recuerda a la primera vez que la escuché. Fue en Entre amigos, aquel programa de José Luis Moreno que me huele a un coche que vendía dulces a domicilio. Hasta allí llegó José Luis Perales junto a dos niños un tanto repelentes y que parecían muñecos de ventrílocuo que se había traído de un país hispanoamericano para interpretar junto a él el tema musical. Fue curioso que los asociara a marionetas, casi con total seguridad influenciado por el programa en el que se encontraban, ya que en actuaciones posteriores los niños eran otros, pero sus voces seguían siendo las mismas.

Cosas del playback, sin duda. Pero el odio —a la canción, se entiende— ya estaba ahí. No había nada que pudiera hacer. Salvo evitar pasar cerca de un colegio cuando estén celebrando el Día Escolar de la No Violencia y la Paz. Por si la siguen cantando.

En las notas que había tomado para que me sirvieran de orientación en el momento de sentarme a escribir esta entrada anoté dos cosas que no suelo señalar en ese tipo de apuntes. Una era incluirla en el listado de Lo que no. La otra, que debía ser cruel con todo lo que me recordaba esta canción. Sin embargo, a la hora empezar a teclear, decidí hacer caso a lo primero, pero intentar ignorar lo segundo. Ahora que releo el resultado, descubro que, aunque me he autocensurado, no lo he conseguido del todo. Mala suerte. O no.

José Luis Perales, Que canten los niños, 1986.

No tengo muy claro si la emisión de este anuncio en España se encuadra todavía en la década de los 80 o pertenece ya a los 90. Aunque llegó a España en 1984, apenas dos años después de su debut en el mercado estadounidense y la locución la presenta como «la nueva Coca Cola Light», mi memoria —con todo lo engañosa que puede llegar a ser— y algunas fuentes se empeñan en situarlo hacia 1990.

Al menos este, el original. En el que un nutrido grupo de oficinistas pierden cualquier tipo de inhibición al descubrir que son las once y media. Lo que ellas llaman «La hora Coca Cola Light», el momento del día en el que el fornido trabajador de la obra de enfrente se toma su descanso reglamentario y se refresca, camiseta fuera, con la (no tan) azucarada bebida. Y que unió indisolublemente esa hora —«Las once y media»— al refresco. Un —el— ejemplo de publicidad inversa, que huyendo de cosificar a la mujer, cosifica al hombre y provoca la paradoja de estereotipar a la mujer todavía más.

Pese a todo, la campaña fue un éxito reinterpretado por la compañía casi hasta la extenuación, aunque siempre con la inconfundible banda sonora de Etta James. Pero ya sabemos que Coca Cola es así (y, aunque se haya quedado fuera, ese anuncio sí que es de los 80).

Coca Cola, La hora Coca Cola Light, c. 1990.

Hoy se cumplen 28 años de la explosión del transbordador espacial Challenger, uno de los tres grandes desastres sufridos por la NASA a lo largo de la carrera espacial y que, junto al accidente sufrido por el Columbia, 17 años después, supuso una paralización del programa de transbordadores espaciales y, a la postre, uno de los elementos que condujo a su cancelación definitiva.

Las imágenes de la desintegración de la nave, apenas 73 segundos después de ser lanzada hacia el espacio han quedado grabadas en la memoria de todos los que las vieron aquel día, causando un impacto casi tan grande como las de Tejero irrumpiendo en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981 —un hecho que no mencioné aquí el año pasado porque ese año era demasiado pequeño como para recordarlo “de primera mano”—. De hecho, al igual que ocurre con las imágenes del 23-F, hay miles de personas que aseguran haber sido testigos directos de ambos hechos histórico gracias a la retransmisión en tiempo real que hacía la televisión de ambos eventos.

Sin embargo, ni Televisión Española emitía en directo la sesión de investidura de Calvo Sotelo, ni las televisiones estadounidenses, salvo una incipiente CNN, hacían lo propio con el lanzamiento del Challenger —y, en este punto, no soy capaz de afirmar lo que hacía la única cadena española—, un hecho que, por otra parte, en aquellos momentos se consideraba prácticamente rutinario. Ambos sucesos, eso sí, estaban siendo grabados y se emitieron poco después de haber ocurrido, impactando entonces a todos los que se encontraban delante del televisor.

Incluyendo a un niño que estaba a punto de cumplir los ocho años, al que por Reyes le habían regalado un Electroun juego de preguntas y respuestas en el que se  completaba un circuito eléctrico al escoger la correcta, lo que hacía que se encendiera una luz— y que siempre se preguntó por qué incluía una ficha del cohete Apolo y otra del módulo lunar y ninguna del transbordador espacial.

La imagen de tu vida, La explosión del Challenger, 2006.

Creo que ya lo he dejado caer en más de una ocasión, pero nunca me cansaré de repetir que, si bien existen varios personajes de Barrio Sésamo que aspiran a hacerse con el segundo lugar en la clasificación del más entrañable, el primer puesto, junto con el de más abnegado, a pesar de que todo le salía siempre al revés, es, sin duda, para Coco.

Aunque sus desventuras le acompañan con independencia de su personalidad, nunca me parecieron tan sangrantes como cuando ejercía de Supercoco, quizá el antihéroe por excelencia. Como aquella vez que decidió ayudar a la pequeña Julia Romero, una niña que vivía en la ciudad de Jauja —de lo creíbles que eran los nombres no voy a hablar, al menos hoy—, a quien se le había roto la bolsa mientras volvía de la compra, con nefastas consecuencias para su persona. Como siempre.

Como todas las intervenciones de este héroe de capa púrpura y yelmo de armadura, su aparición viene precedida por dos interrogantes —«¿Es un pájaro? ¿Es un avión?»— y una constatación decepcionante: «No, es Supercoco». Y es que por regla general sus intervenciones, con un accidentado aterrizaje incluido, solían acabar siendo desastrosas. Algo de lo que no se libra en esta desventura en la que, gracias a su supercerebro, ayudó a la pequeña Julia Romero a solucionar su problema con la bolsa del supermercado. A costa, eso sí, de quedarse él con el problema de no saber dónde guardar todos sus cachivaches. Y es que sus superideas casi nunca eran geniales.

Nefastas consecuencias. Como siempre.

Barrio Sésamo, Supercoco, c. 1984.

Recuerdo un monólogo de Manolo Vieira de aquella época en la que nadie más hacía monólogos, en el que, hablando de los detectives de las series de televisión, aseguraba que si alguna vez se encontraba con Jessica Fletcher en una guagua se bajaba en la siguiente parada, porque aquella adorable viuda escritora de novelas de misterio era gafe. Dondequiera que iba, aparecía un muerto.

Y no le faltaba razón. Al menos, es normal que los inspectores de homicidios, agentes del FBI o, hasta cierto punto, los detectives privados que protagonizan series de televisión se relacionen con cadáveres fruto de muertes violentas en su vida diaria. Pero eso no es —o debería ser— lo habitual para una escritora que vive en la (no tan) tranquila y ficticia localidad de Cabot Cove. Por eso —y supongo que para no esquilmar demasiado la población de esa villa pesquera de la costa de Maine—, en bastantes episodios seguíamos las aventuras de la señora Fletcher por distintas ciudades de los Estados Unidos donde, casualmente, asesinaban a alguien y a ella no le quedaba más remedio que resolver el crimen, para desesperación de los casi siempre ineptos policías encargados del caso y, por supuesto, del culpable.

Pese a todo, esta serie se mantuvo durante doce temporadas en el aire sin apenas cambiar su estructura, más allá de sustituir la vieja máquina de escribir en la que la protagonista escribía sus historias en los créditos iniciales por un moderno conjunto de ordenador personal e impresora y de trasladar la residencia de la escritora a Nueva York durante las últimas temporadas, decisión tal vez tomada ante el temor de estar a punto de terminar con todos los vecinos de Cabot Cove.

Y, sin embargo, el recuerdo que nos ha dejado la señora Fletcher, con su halo de abuelita ingenua capaz de asestarte una puñalada verbal por la espalda a poco que te descuides, es tan entrañable como machacona su también inolvidable sintonía.

Se ha escrito un crimen, Créditos de apertura, 1984-1996.

A %d blogueros les gusta esto: