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Si algo me llamó siempre la atención de los gremlins, aquellos malvados y asquerosos seres verdes que nacían de los mogwais cuando comían después de la media noche, mucho más allá de sus ansias por destruirlo todo, era la fascinación que sentían por el clásico de Disney Blancanieves.

Porque en esta película en la que un padre regalaba a su hijo adolescente un adorable mowgai llamado Gizmo por Navidad, estaba claro que todo se iba a liar justo desde el momento en el que se enunciaban las tres reglas esenciales que la responsabilidad de cuidar a uno de estos inusuales seres requiere: no dejar que le dé la luz del sol, no mojarlo y, sobre todo, no darle de comer después de medianoche. Incumplidas las tres, cualquier cosa vale para acabar con los malvados gremlins. Desde cocinarlos en el microondas a triturarlos con la batidora, pasando por incendiar el cine donde, adorables ellos, tararean presas de la fascinación el archiconocido Hi Ho de los Siete Enanitos.

Sin duda, un nada navideño clásico de Navidad que este año he echado bastante de menos. Sobre todo aquella escena en la que estos adorables monstruitos atacaban a Papá Noel. Pero contar el porqué sería salirme del tema.

Los Gremlins, Los gremlins ven ‘Blancanieves’, 1984.

Hace un par de semanas, mientras preparaba mi actual escapada londinense, me di cuenta de que, a pesar de que hace algún tiempo nombré a Freddie Mercury de pasada, aún no había dedicado ninguna entrada a recordar a Queen, un conjunto que, sin ningún género de dudas, no sólo se ha ganado su lugar en la historia de la música, sino en nuestra memoria colectiva.

Con la intención de reparar cuanto antes este terrible despiste, me puse a pensar cuál de sus muchas inolvidables canciones rescataría en esta primera —porque espero que haya tiempo para más— anotación. Tras sopesarlo mucho, llegué a la conclusión de que tenía que ser aquella en cuyo vídeo musical en el que Freddie Mercury se convertía en una ama de casa que, cual chacha con bigote, se quejaba de su vida esclavizante mientras se dedicaba a limpiar la casa ante la total indiferencia de su familia.

Sé que parece —en el fondo lo es— la decisión más predecible, pero es que al hablar de Queen, siempre pensamos en esta canción y, concretamente, en la escena de la aspiradora y, al fin y al cabo, de eso se trata. No en vano esto es una bitácora de recuerdos.

Queen, I want to break free, 1984.

Hablaba hace un tiempo del daño causado por el empeño de algunos estudios en crear secuelas de sus series o personajes más emblemáticos con las que intentar exprimir un poco más su éxito. Uno de los ejemplos más claros —y tristes— de ello fueron Los pequeños Picapiedra, de los que ya hablamos hace un tiempo. Otro, igual de triste, son Los Pequeñecos.

Y es que, ya me dirán qué necesidad tenía Jim Henson de coger a Gustavo, Peggy, Gonzo, el oso Fozzy y unos cuantos Teleñecos más y trasladarlos a una infancia ficticia convertidos en personajes de animación para que viviesen todo tipo de aventuras imaginarias en una especie de guardería en la que eran cuidados —no muy bien, a tenor de todos los líos que montaban— por una tal Nanny de la que sólo veíamos sus espantosos calcetines de rayas.

No se molesten en contestar. Ya lo hago yo por ustedes: ninguna. Y eso que, muy en el fondo, el personaje de Animal me gustaba. Sería por su carácter entre gamberro e inocente.

Los Pequeñecos, Créditos de apertura, 1984.

“Sí o no, una de dos,
o bajas tú o subo yo.
Porqué, dime porqué,
juegos de sexo entre tres.

Yo sí, claro que sí,
te quiero solo, solo para mí.”

Continuamos el repaso a los temas que sonaron durante las diferentes ediciones de la Vuelta a España de los años 80 con la escogida para animar los resúmenes de la cita de 1984. En esa ocasión, la elegida fue una canción del entonces muy popular Tino Casal. Aunque a mi juicio no está a la altura de otros de los grandes éxitos del malogrado cantante asturiano, Dios me libre de decir que Pánico en el edén es una mala canción. Es más, está mil veces por encima de algunas de las que han acompañado a La Vuelta en los últimos años.

Solo que, pese a su ritmo, no me provoca ganas de salir a pedalear como un poseso. Algunas de las de las últimas ediciones, en cambio, me invitan a cortarme las venas.

Tino Casal, Pánico en el Edén, 1984.

Tras el chasco de Remedios Amaya, en 1984 Amaya Saizar y su grupo Bravo fueron los encargados de intentar recomponer el maltrecho honor español en el Festival de Eurovisión. Y hasta Luxemburgo se fueron para defender el pegadizo tema Lady, Lady, que, a pesar de haber caído en el casi más absoluto de los olvidos, cosechó un merecido tercer puesto y la mejor clasificación de nuestro país en el certamen en toda la década de los 80.

Pero como este blog no va de radiografías eurovisivas, sino de recuerdos, me veo en la obligación de confesar que, aunque por aquella época sólo contaba con poco más de seis años, recuerdo claramente que pasé bastante tiempo impresionado por el hecho de que una canción tan festiva pudiese esconder una historia tan triste, la de una persona que perdió a su amor y, sin embargo, no renuncia a la esperanza. Sí, ahora lo sé. Es la vida misma.

Algo así como la relación de España con Eurovisión. Nunca volveremos a ganar, pero no perdemos la esperanza.

Bravo, Lady, Lady, 1984.

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