Archivos para las entradas con etiqueta: Animación

Por tercera —y creo que última— vez voy a dedicar una entrada a Pepa Pérez, aquella simpática niña que cada vez que detectaba un problema que necesitara de su intervención pronunciaba un conjuro que la transformaba en Pepita Pulgarcita, para desesperación de su amigo el cuervo Viriato.

Y lo voy a hacer recordando la más inverosímil de sus aventuras, aquella en las que tuvo que hacer uso de todo su ingenio y habilidad para lograr aterrizar sano y salvo un avión teledirigido, después de que a su dueño se le cayera el mando a distancia al suelo y perdiera el control del aparato.

Ya desde niño, cada vez que veía este vídeo me preguntaba cómo era posible que alguien creyese que un avión teledirigido poseería una cabina dotada de todos los mandos necesarios para pilotarlo desde dentro y que, además, estos fuesen plenamente operativo. A mi —demasiado precoz— mente analítica le parecía algo descabellado. Sin embargo, cerca de tres décadas después, he llegado a la conclusión de que, teniendo en cuenta que es necesario que una niña recite un conjuro y se convierta en una especie de hada voladora para poder pilotarlo, esa cuestión carece de cualquier importancia.

Barrio Sésamo, El avión (Pepita Pulgarcita), c. 1984.

El personaje de Pumuki posiblemente encarnó lo que todos los niños de los años 80 hubiesen querido ser o, al menos, hacer. Porque este pequeño duende pelirrojo podía dedicarse —y se dedicaba— a perpetrar todo tipo de trastadas gracias a que poseía la facultad de permanecer invisible ante los ojos de cualquier ser humano. Bueno, de casi cualquier ser humano, porque desde el día en que quedó pegado a un bote de cola en el taller del señor Eder, el viejo carpintero no sólo se convirtió en la única persona capaz de ver a Pumuki, sino que ambos quedaron unidos para siempre por una complicada relación entre la amistad y la protección mutua.

Pese a que en la mayoría de los capítulos los planes de Pumuki no saliesen bien y tuviese que ser rescatado por el señor Eder, que acababa imponiéndole algún tipo de castigo, el travieso duende animado siempre fue un personaje muy querido por los seguidores de la serie que, posiblemente, no hacían más que proyectar sus anhelos y fantasías infantiles en un dibujo animado que interactuaba con seres humanos y presumía de ser colosal.

Pumuki, Créditos de apertura, 1982-1989.

Necesitado de desconectar de la rutina y de mi entorno habitual, hace un par de semanas se me ocurrió que sería una buena idea materializar al fin la eterna escapada a Londres que, desde hace más de cinco años voy postergando una y otra vez. Desde que tomé la decisión, descubrí un par de billetes a buen precio en horarios y fechas razonables y reservé un típico hotelito en las cercanías de Victoria Station, no puedo sacarme de la cabeza a aquel peculiar profesor dibujado sobre fondo anaranjado que, desde la ventana de Muzzy, se encargaba de desearnos buenos días —y tardes y noches— a lomos de su bicicleta.

Porque, mientras en mi cabeza se repite machaconamente el soniquete que cantaba el personaje, no puedo dejar de pensar en lo oxidado que tengo mi speaking. Y, a pesar de ello voy volando, ahora mismito, rumbo al mayor examen oral de inglés al que me haya enfrentado en mi vida. Y voy a pasármelo bien.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

En los años 80, cuando las tardes —o, al menos, gran parte de ellas— se pasaban en la calle, junto a los amigos, que te robaran la bicicleta era casi lo peor que te podía pasar. Por suerte, algunos tenían la inestimable ayuda de Pepa Pérez y su amigo el cuervo Viriato para arreglarlo, es decir, nada menos que a Pepita Pulgarcita.

Barrio Sésamo, El robo de las bicicletas (Pepita Pulgarcita), c 1984.

En alguna ocasión anterior ya he comentado que siempre sospeché que la influencia que las aventuras de Muzzy, aquel extraterrestre verde y peludo que comía todo tipo de artilugios mecánicos, ejerció durante los niños que lo vimos en algún momento durante los años 80 no había podido ser muy buena. Que aún hoy, dos décadas y media después, siga recordando la extraña canción con la que el jardinero Bob y la princesa Sylvia nos enseñaban a decir las vocales mientras viajaban en moto por la campiña —suponemos que— británica me ratifica en esa impresión.

A cambio de ese inquietante efecto secundario, nunca olvidé cómo son las vocales en inglés.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

Tiempo atrás me preguntaba qué consecuencias podría haber tenido para una mente infantil seguir las desventuras de Muzzy y sus compañeros mientras intentaba aprender algo de inglés. Después de haberlo pensado durante algún tiempo, imagino que la respuesta debe de ser algún que otro trauma. Si no, ya me explicarán por qué una de las secuencias más recordadas es aquella en la que decenas de clones de la princesa Sylvia que no dejaban de repetir «Hello, daddy» y «Yes, mammy» por todo el palacio.

Aún hoy, acongoja.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

De todas las historietas que se sucedían entre los distintos bloques que conformaban la historia principal de cada episodio de Barrio Sésamo, debo confesar que siempre consideré como las más extrañas aquellas que protagonizaba una muchacha llamada Pepa Pérez y que tenía como amigo a un cuervo parlanchín llamado Viriato.

En estas tiras de animación un tanto rudimentaria siempre ocurría algún pequeño incidente que motivaba que, tras recitar un sencillo conjuro y con evidente disgusto de Viriato, Pepa Pérez se transformara en Pepita Pulgarcita, una especie de mini superheroína capaz de volar y de solucionar cualquier entuerto, aunque las consecuencias de ello no siempre fuesen las esperadas. Como el día en que, de visita en el zoo, descubrió que una jirafa se había tragado un silbato…

Barrio Sésamo, Pepita Pulgarcita en el zoo, c. 1984.

¿Qué consecuencias puede tener sobre la tierna mente infantil seguir las aventuras de un bicho verde, extraterrestre y peludo que se dedica a comer relojes, parquímetros y similares artilugios mecánicos cada vez que le entra hambre? Imagino que, según los creadores de esta mítica serie, la adquisición de algunos conocimientos de inglés. Sin embargo, en mi caso, para (casi) lo único que sirvió fue para poder decir «I’m Muzzy, big Muzzy. I’m hungry» cada vez que me estoy muriendo de hambre.

Del rey, el jardinero Bob, el pérfido Corvax y la princesa Sylivia y sus múltiples clones, ya hablaremos otro día, que ahora I’m hungry.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

Hoy este proyecto cumple doce entradas. No se me ocurre nada mejor para celebrarlo que uno de aquellos vídeos tan tediosos como hipnóticos con los que, empleando una máquina de pinball muy particular, en Barrio Sésamo se empeñaban en enseñarnos a contar mientras nos entretenía. Hoy, porque no encontré el del doce, el número cuatro. Ya saben, se permite cantar: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce. Turururu Tururu ruru ru”.

Barrio Sésamo, El pinball del 4, c. 1984.

A %d blogueros les gusta esto: