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A priori, una serie protagonizada por un extraterrestre peludo y bajito con pinta de oso hormiguero, cascarrabias, bromista, malhablado y con cierta afición a comer gatos no parece reunir los requisitos necesarios para convertirse en un referente televisivo de su época. Sobre todo si se emite, como creo recordar, dentro de Cajón desastre, los sábados por la mañana.

Y, sin embargo, eso fue lo que ocurrió con Alf, aquel entrañable —aunque no lo fuera— alienígena procedente del desaparecido planeta Melmac que se quedó a vivir con los Tanner después de estrellarse con su nave espacial en el garaje de la familia terrícola. Durante cuatro años fuimos testigos de cómo el bajito extraterrestre perpetraba toda clase de travesuras —su «Era una broma, Willie» es todo un clásico en las disculpas televisivas—, muchas de ellas sin intención, mientras intentaba merendarse a la mascota de la familia y trataba de evitar ser descubierto por agentes del Gobierno o la cotilla vecina de al lado que en España fue bautizada como Raquel Armonía.

Posiblemente hoy, el éxito de ALF sería imposible de repetir, pero, a finales de los 80 arrasaba. Tanto, que todavía hoy su sintonía es una de las más recordadas de la época. Eso y el hecho de que el gato Lucky jamás sabrá la suerte que tuvo.

ALF, Créditos de apertura, 1986-1990.

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Las aventuras de Evie Garland, una adolescente que descubre que posee el poder de parar el tiempo juntando sus dos dedos índices, descongelar a quien quiera con solo tocarlo y volver a reanudar su paso normal uniendo las palmas de las manos, conformaban el punto de partida de De otro mundo, una comedia de situación que llegó a España dentro de ese enorme contenedor llamado Cajón desastre y que no tenía más pretensiones que entretener a través de los distintos líos en los que Evie se veía envuelta a causa de su poder y de los que intentaba salir más o menos, pero aprendiendo la lección por el camino. O no.

Lo más destacable de esta serie es, sin duda, la forma en la que nos contaba la historia de los padres de la protagonista, un extraterrestre del que hereda sus poderes y con el que se comunica a través de una especie de lámpara de cristal con forma de rombo, y una terrícola con la que vive desde que el extraterrestre se vio obligado a volver a su planeta. Y es lo más destacable porque, en el escaso minuto que se emplea para mostrar la vida anterior a la serie de los personajes, a pesar de que el padre aparece en numerosas escenas, jamás vemos su cara, algo que siempre se me antojó un claro antecedente de Wilson Wilson, el paciente vecino de los Taylor que protagonizaban la absurda —y no por ello menos hipnotizante— Un chapuzas en casa, serie en la que, por cierto, pudimos ver dar algunos de sus primeros pasos televisivos a una jovencísima —al menos en apariencia— y nada siliconada Pamela Anderson. Pero eso fue en 1991, así que no toca. Aunque paremos el tiempo juntando dos dedos.

De otro mundo, Créditos de apertura, 1987-1991.

Corría septiembre de 1988 cuando aterrizó en los sábados de Televisión Española Cajón desastre, un programa contenedor nacido con la difícil misión de llenar el enorme vacío que dejaba la desaparecida Bola de cristal. A pesar de que la misión parecía prácticamente imposible, el espacio, que se dividía en tres secciones completamente diferenciadas y dirigidas a públicos de distintas edades en las que el hilo conductor era una jovencísima Miriam Díaz-Aroca recién salida del programa de Hermida, siguió consiguiendo que un buen número de niños españoles madrugásemos los sábados por la mañana.

Series de animación en el primer tramo —cómo olvidar al peludo Teen Wolf—, toda clase de cortos y animaciones, una peculiar comedia de situación que se desarrollaba en una casa de dos pisos, y que carecía literalmente de cuarta pared, entre las diferentes secciones, el estreno de series como Colegio Degrassi, De otro mundo, o la mítica Alf, en el tercer tramo, pero, sobre todo, una histérica Díaz-Aroca subida en unos patines y llevándose las manos a la boca para silbar y dar la salida a una competición por un circuito de obstáculos que siempre me recordó a mi ya difunto Autocross que se desarrollaba a mitad del espacio, son elementos inolvidables de este programa en el cabía casi de todo que revolucionó por completo la forma de hacer televisión infantil.

Y, ya de paso, el arquetipo de sus presentadoras.

Cajón desastre, Créditos de apertura, 1988.

En 1989, Cajón desastre, el programa contenedor que inicialmente desembarcó en la mañana de los sábados con la difícil tarea de sustituir a la mítica Bola de cristal y del que creo que aún no he hablado por aquí, incluyó entre sus contenidos Colegio Degrassi, una serie canadiense que trataba de forma muy realista y sin tabúes los problemas de los adolescentes norteamericanos y que, en cierta medida, eran extrapolables a algunas de las experiencias a las que debían enfrentarse sus homólogos españoles.

Por suerte, en aquella época a mí aún me quedaban unos pocos años para entrar en el instituto —porque a pesar de lo que parece indicar la traducción del título al castellano, la serie, originalmente llamada Degrassi Junior High, se desarrollaba en un instituto de secundaria—, así que los problemas también me quedaban algo lejos. Quizá por ello, mi recuerdo de la serie no va mucho más allá del típico personaje rebelde que siempre andaba metiéndose en líos, que —y posiblemente por eso lo recuerde— solía vestir sombrero y unos chalecos bastante llamativos y al que, si mi prodigiosa memoria para cosas inútiles™ no me traiciona, prestaba su voz Pepe Carabías.

Aunque muchas de las imágenes de su cabecera me son enormemente familiares, mis recuerdos de las tramas son bastante vagos, aunque —¡oh, qué sorpresa!— la invitación a empezar la mañana con energía que hacía su sintonía la recuerdo claramente. Sobre todo, después de haberla adivinado contra todo pronóstico la primera vez que jugué al mítico Días de Tele de los Icos. Pero, me temo, esa es otra historia de la que no toca hablar hoy.

Colegio Degrassi, Créditos de apertura, 1987.

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