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Recuerdo un monólogo de Manolo Vieira de aquella época en la que nadie más hacía monólogos, en el que, hablando de los detectives de las series de televisión, aseguraba que si alguna vez se encontraba con Jessica Fletcher en una guagua se bajaba en la siguiente parada, porque aquella adorable viuda escritora de novelas de misterio era gafe. Dondequiera que iba, aparecía un muerto.

Y no le faltaba razón. Al menos, es normal que los inspectores de homicidios, agentes del FBI o, hasta cierto punto, los detectives privados que protagonizan series de televisión se relacionen con cadáveres fruto de muertes violentas en su vida diaria. Pero eso no es —o debería ser— lo habitual para una escritora que vive en la (no tan) tranquila y ficticia localidad de Cabot Cove. Por eso —y supongo que para no esquilmar demasiado la población de esa villa pesquera de la costa de Maine—, en bastantes episodios seguíamos las aventuras de la señora Fletcher por distintas ciudades de los Estados Unidos donde, casualmente, asesinaban a alguien y a ella no le quedaba más remedio que resolver el crimen, para desesperación de los casi siempre ineptos policías encargados del caso y, por supuesto, del culpable.

Pese a todo, esta serie se mantuvo durante doce temporadas en el aire sin apenas cambiar su estructura, más allá de sustituir la vieja máquina de escribir en la que la protagonista escribía sus historias en los créditos iniciales por un moderno conjunto de ordenador personal e impresora y de trasladar la residencia de la escritora a Nueva York durante las últimas temporadas, decisión tal vez tomada ante el temor de estar a punto de terminar con todos los vecinos de Cabot Cove.

Y, sin embargo, el recuerdo que nos ha dejado la señora Fletcher, con su halo de abuelita ingenua capaz de asestarte una puñalada verbal por la espalda a poco que te descuides, es tan entrañable como machacona su también inolvidable sintonía.

Se ha escrito un crimen, Créditos de apertura, 1984-1996.

Aunque hace unas semanas confesaba mi animadversión hacia los libros de Elige tu propia aventura, propiciada sin duda por su tendencia a dejarme fuera de la historia a las primeras de cambio, hoy debo reconocer que existía otra colección interactiva de la editorial Timun Mas a la que era bastante más aficionado. Se trata de Resuelve el misterio, una serie de libros protagonizados por Amy Adams y Lince Collins, dos jóvenes —y bastante feos, a juzgar por las fotos que ilustraban el recorte de prensa que, a modo de prólogo, abría cada volumen— estudiantes de la ciudad de Lakewood Hills que se dedicaban a resolver toda clase de misterios que se producían en esta ficticia ciudad.

Así, cada libro proponía ocho o nueve casos en los que, tras exponer el misterio y presentar a los sospechosos y sus posibles motivaciones, se dejaba al lector la tarea de solucionarlos. Para ello, había que encontrar la respuesta al par de preguntas con las que acababa cada historia, con la ayuda de un dibujo de la escena del crimen hecho por alguno de los dos niños detectives en su eterno cuaderno o de algún documento proporcionado por algún otro personaje. Si la solución se resistía o, simplemente, queríamos comprobar que nuestra deducción era correcta, tan sólo había que ir a las páginas del final y, con la ayuda de un espejo y adoptando una postura de contorsionista, leer la resolución del caso en una página escrita al revés.

Estos libros amarillos de Resuelve el misterio siempre me gustaron más que los rojos de Elige tu propia aventura, no sólo porque las historias de misterio y detectives siempre me han atraído más que las de aventura pura y dura, sino porque casi siempre fui capaz de resolver más de la mitad de los casos la primera vez que leía cada libro. En la segunda lectura, no me pregunten por qué, jamás tuve la necesidad de recurrir al espejo para solucionar ninguno.

Libros de Resuelve el Misterio

El secuestro de un genio, ladrones de ordenadores, un misterioso monstruo en el lago, casas embrujadas o hackers rudimentarios, ningún caso era irresoluble para los protagonistas de «Resuelve el Misterio».

El mapa de Resuelve el Misterio

Para que nadie se desorientara, cada libro traía un mapa desplegable y a todo color de la pintoresca Lakewood Hills.

Los dibujos de Resuelve el Misterio

En este dibujo encontramos todas las pistas necesarias para desentrañar el caso de los gamberros del parque de atracciones

Soluciones a Resuelve el Misterio

Si el dibujo no era suficiente, con ayuda de un espejo y un poco de maña una página como esta constataba nuestro fracaso a la vez que nos brindaba la solución del misterio.

La relación de amor y odio existente entre el impostor y canalla Remington Steele y la eficiente aunque algo ingenua detective Laura Holt fueron los mimbres sobre los que triunfó esta serie de detectives que catapultó a la fama al actor irlandés Pierce Brosnan.

En mis recuerdos televisivos, las andanzas de estos dos personajes por la ciudad de Los Ángeles, escapando de toda clase de situaciones peligrosas, en muchas ocasiones gracias a los paralelismos que Steele encontraba con multitud de clásicos de Hollywood, probablemente ocupen el lugar de la primera serie dirigida a un público adulto que seguí de forma regular y consciente.

Aunque no voy a negar que en sus últimas temporadas la serie degeneró bastante, su inolvidable sintonía, compuesta por Henry Mancini, y algunas escenas de sus títulos de crédito —un disparo que, en lugar de impactar en Laura Holt, atraviesa una almohada de plumas con funda de seda—, junto a todo tipo de situaciones propias de una comedia romántica que se repetían en cada uno de sus episodios, forman desde hace muchos años parte de mi memoria.

Y, si no fuera por plataformas alternativas como Vimeo, ahí permanecerían, porque ni el mejor de los detectives parece capaz de encontrar en YouTube la secuencia de sus créditos de apertura. Irónicamente extraño.

Remington Steele, Créditos de apertura, 1982-1987.

Una agencia de detectives comandada por una pareja mal avenida y con cierta tensión sexual no resuelta no parece un punto de partida demasiado original para una serie de televisión. De hecho, se me ocurren un par que, solo en los años 80, utilizaron este argumento. Y, sí, durante cinco temporadas y 66 episodios, Luz de luna fue una de ellas… Hasta que los guionistas decidieron que los personajes interpretados por Cybill Shepherd y Bruce Willis cedieran a la tentación. Una vez que la tensión sexual se esfumó, la audiencia se fue con ella.

No obstante, la serie sirvió para lanzar al estrellato a sus protagonistas —con más suerte para Willis que para Shepherd—, para conocer a la entrañable recepcionista de la agencia, la inolvidable señorita Topisto y, por último, pero no menos importante, para inscribir en la historia de la televisión una de las mejores bandas sonoras de la década. ¿O es que conocen a alguien que no reconozca los inconfundibles acordes de Moonlighting?

Luz de luna, Créditos de apertura, 1985-1989.

Hoy, como cada 23 de abril, celebramos el Día del Libro, así que no se me ocurre nada mejor para conmemorar esta feliz circunstancia que compartir la que se convirtió en la primera colección de libros que conseguí completar en mi vida y que, además, me mantuvo completamente enganchado a lo largo de sus 33 volúmenes, algunos de los cuales leí en numerosas ocasiones, hecho del que da fe el lamentable estado en el que se conservan varios de ellos.

Se trata de las aventuras de Los Hollister, cinco hermanos de entre 12 y 5 años que, en sus ratos libres se dedican a resolver pequeños —y no tan pequeños— misterios que suceden en su ciudad y a lo largo y ancho de Estados Unidos y el resto del mundo, junto al resto de su familia y sus numerosos amigos.

Algunos libros de Los Hollister

Algunos libros de Los Hollister.

Debo confesar que, aunque la capa de cinismo que a todos nos va cubriendo con el paso de los años me hace ahora ser muy escéptico acerca de las capacidades y la madurez que necesitaría poseer cualquier niño de esas edades para enfrentarse a las aventuras que corrían Los Hollister en los diversos libros que conforman la serie, veintipico años atrás estaba completamente enganchado a sus historias y, secretamente, deseaba haber podido formar parte de alguna de ellas. En el caso de que hubiesen sido reales, claro.

Pero, al fin y al cabo, de eso trata la lectura. De estimular la imaginación.

Con tapa dura e ilustrados

No se vayan a pensar, que estos libros venían con tapa dura e ilustrados.

Y, antes de que me lo pregunten, no. Jamás tuve ningún libro de Los Cinco.

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