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Si existe una serie que pueda ser reconocida —y casi definida, me atrevería a decir— por una sola frase esa es sin dura Canción triste de Hill Street y el paternal «Tengan cuidado ahí fuera» con el que tras la reunión matinal el sargento Phil Esterhaus despedía a los agentes que se disponían a emprender su jornada laboral patrullando las calles de una ciudad cualquiera del norte de Estados Unidos. Quizá, poco más hay que decir de esta serie, que alcanzó el estatus de mito casi desde el momento de su emisión y que, como tantas otras producciones de aquella década, siempre será recordada también gracias a su inolvidable e inconfundible sintonía y su cabecera de coches en movimiento y tomas aéreas.

Iba a escribir acerca del capitán Furillo, de su pareja, la fiscal Joyce Davenport, interpretada por la actriz luego especializada en dramas para las tardes de los fines de semana en Antena3 Veronica Hamel, y de algunos de los personajes recurrentes —agentes y delincuentes— que pasaban por la comisaría del deprimido barrio en el que se ubicaba la calle Hill. E incluso, del recuerdo más vivo que tengo de la serie —los demás son flashes, puesto que, como con tantas otras, yo era muy pequeño cuando se emitió—, correspondiente a su último capítulo, en el que la comisaría quedaba destruida en un incendio que, miren ustedes por dónde, en mi imaginación infantil que aún desconocía el significado musical de la palabra blues del título, se le antojó el mejor broche final posible para una serie que tenía una música tan triste como emocionante. Porque, una vez extinguido el fuego, pero con los rescoldos aún humeantes los policías de Hill Street continuaban con su labor.

Iba a escribir acerca de todo eso, pero con sólo recordar su comienzo me he dado cuenta de que no hace falta. Sobran las palabras.

Canción triste de Hill Street, Créditos de apertura, 1981-1987.

Hay algunas series o programas de televisión de los años 80 cuyo argumento o contenido soy incapaz de recordar, pero que, sin embargo, poseen algún elemento —generalmente una música o alguna escena muy concreta— que pueden despertar cientos de recuerdos y evocar en mi interior algunas sensaciones que me es imposible describir con palabras.

Un claro ejemplo de ello es Segunda enseñanza, una serie de 1986 ambientada —y rodada— en Oviedo, que narraba las vicisitudes de una profesora de instituto que se implicaba en las vidas de sus alumnos, más allá de lo que iba incluido en el sueldo y entre cuyos espectadores objetivo, con apenas ocho años, ni estaba ni se me esperaba.

Sin embargo, cada vez que escucho su sintonía y, ya que estamos, veo su cabecera, tan del estilo de las series dramáticas de TVE en los 80 —y, con algunas variaciones, casi siempre con los mismos actores— vuelvo a sentirme atrapado en aquella época y una multitud de recuerdos, inconexos y seguramente dulcificados por el tiempo, me asaltan una y otra vez.

Así que, aunque no recuerdo nada de su desarrollo, tengo su música grabada. Una banda sonora que, al igual que ocurría con la de Anillos de oro, estaba compuesta por Antón García Abril. Y la serie, dirigida por Pedro Masó, con guión de Ana Diosdado. Por lo que se ve, un triunvirato inolvidable.

Segunda enseñanza, Créditos de apertura, 1986.

Si cuando escribía acerca de Turno de oficio aseguraba tajantemente que esa serie no me influyó en absoluto a la hora de decantarme por estudiar Derecho, la misma afirmación pero mucho más rotunda puedo esgrimir para hablar de Anillos de oro, máxime cuando esta última se emitió tres años antes que la anterior y, por tanto, me cogió mucho más pequeño.

Sin embargo, con el paso de los años he tenido la ocasión de visionar alguno de sus capítulos en alguna de sus escasas reposiciones, imagino que, muy probablemente, cuando en los comienzos de las emisiones de la TDT, Televisión Española compartía la señal de Clan con la de un canal dedicado a rememorar sus 50 años de historia. Y digo sin embargo, porque, a diferencia de las revisiones que también he podido hacer de Turno de oficio —mejor no hablar de su prescindible secuela—, las historias que se contaban en la serie de Ana Diosdado me parecen mucho más interesantes, además de un fiel reflejo de las inseguridades, contradicciones e inquietudes a las que se enfrentaba la España de comienzos de los años 80.

Porque no se me ocurre un escenario mejor para mostrar esa situación que un despacho de abogados matrimonalistas en un país que estrenaba una ley que permitía los divorcios y, por primera vez en muchos años —en toda su historia me atrevería a decir—, proclamaba la igualdad de todos sus ciudadanos. Y trabajar para convertir esa igualdad formal en una igualdad real era una tarea titánica.

El derecho matrimonial —ni el de Familia en general— nunca fue una de mis predilecciones, pero creo que si esta serie me hubiese pillado con algo más de edad sí que podría haber contribuido a ratificarme en mi decisión. No solo por los temas que trataba, sino por las grandes interpretaciones de la poco recordada Ana Diosdado y un jovencito Imanol Arias y, sobre todo, por ese inolvidable tema de Antón García Abril cuyas notas comenzaban a sonar bajo una sugerente lluvia de alianzas. De anillos de oro. Toda una declaración de intenciones.

Anillos de Oro, Créditos de apertura, 1983.

Margaret Pynchon, editora y propietaria del diario, en su despacho, parapetada tras su mesa junto a su inseparable perro; el director del mismo, interpretado por el veterano secundario Mason Adams; algunos destellos de la redacción y, por supuesto, al periodista de raza que la protagonizaba y le daba nombre, encargado de la sección de Local, junto a un par de flashes argumentales de algunos episodios especialmente dramáticos y que se me antojan tremendamente desasosegantes, son los pocos recuerdos de infancia que guardo de la mítica serie Lou Grant.

Así que creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que, al menos en mi consciente, no tuvo nada que ver con la decisión que tomé años más tarde de estudiar Periodismo. Lo que también puedo afirmar es que la cabecera de su primera temporada reproduce fielmente y a la perfección lo que es el ciclo natural de las noticias, desde que germinan hasta que se convierten en algo con olor a podrido y que a muy pocos es ya de utilidad. Da igual, por cierto, el soporte que las contenga, aunque, eso sí, algunos usos del papel son irremplazables. Como muy bien queda de manifiesto en esta serie de culto.

Lou Grant, Créditos de apertura, 1977-1982.

Probablemente, —con la eterna excepción de la BBC— la de los 80 fue la última década de las grandes producciones de las televisiones públicas europeas. A partir de los 90, al menos en España, alguien decidió que la calidad estaba reñida con la audiencia y las grandes —y caras— producciones bien cuidadas desaparecieron de la parrilla. Antes de que eso ocurriera, quizá como el canto del cisne de una época a punto de consumirse, una dura coproducción italiana triunfaba por todo el continente y, cómo no, tras su desembarco a comienzos de 1989, también en España.

Se trataba de La piovra, una serie de miniseries —nótese la redundancia—, en las que el inspector Corrado Cattani luchaba contra la mafia hasta sus últimas consecuencias. Era un producto duro, sangriento y bastante realista, en el que la corrupción, las luchas de poder y la guerra sucia estaban a la orden del día en cada capítulo. Posiblemente, La piovra sirvió para poner sobre la mesa la inferioridad de condiciones con las que la justicia italiana intentaba luchar contra esta lacra.

De la serie, que, como ya supondrán, era demasiado adulta para los años que yo tenía durante la emisión de sus sucesivas partes en España, me quedo con tres recuerdos. El primero son los créditos de apertura de sus distintas temporadas, con música de Ennio Morricone, posiblemente por ser el elemento que se repetía cada semana.

El segundo, una dura escena en la que la mafia asesinaba a un juez o un fiscal, no lo recuerdo muy bien, con un coche bomba. No sé si inconscientemente lo relacioné con el terrorismo que sufría España, pero me impactó enormemente. Por último, aunque la traducción internacional del título de la serie apunta más hacia los tentáculos que el pulpo de la mafia desplegaba sobre gran parte de la clase poderosa italiana, yo siempre tendí a identificarlo con otra de las acepciones de la palabra: sanguijuela. Y es que no se me ocurre otra definición más acertada para una lacra como esta.

La piovra 2, Créditos de apertura, 1985.

En 1989, Cajón desastre, el programa contenedor que inicialmente desembarcó en la mañana de los sábados con la difícil tarea de sustituir a la mítica Bola de cristal y del que creo que aún no he hablado por aquí, incluyó entre sus contenidos Colegio Degrassi, una serie canadiense que trataba de forma muy realista y sin tabúes los problemas de los adolescentes norteamericanos y que, en cierta medida, eran extrapolables a algunas de las experiencias a las que debían enfrentarse sus homólogos españoles.

Por suerte, en aquella época a mí aún me quedaban unos pocos años para entrar en el instituto —porque a pesar de lo que parece indicar la traducción del título al castellano, la serie, originalmente llamada Degrassi Junior High, se desarrollaba en un instituto de secundaria—, así que los problemas también me quedaban algo lejos. Quizá por ello, mi recuerdo de la serie no va mucho más allá del típico personaje rebelde que siempre andaba metiéndose en líos, que —y posiblemente por eso lo recuerde— solía vestir sombrero y unos chalecos bastante llamativos y al que, si mi prodigiosa memoria para cosas inútiles™ no me traiciona, prestaba su voz Pepe Carabías.

Aunque muchas de las imágenes de su cabecera me son enormemente familiares, mis recuerdos de las tramas son bastante vagos, aunque —¡oh, qué sorpresa!— la invitación a empezar la mañana con energía que hacía su sintonía la recuerdo claramente. Sobre todo, después de haberla adivinado contra todo pronóstico la primera vez que jugué al mítico Días de Tele de los Icos. Pero, me temo, esa es otra historia de la que no toca hablar hoy.

Colegio Degrassi, Créditos de apertura, 1987.

Si hace unos meses hablaba de una serie de abogados que estoy seguro no influyó a la hora de que estudiara Derecho, hoy, día en el que se cumplen 12 años desde que mi promoción recibió sus orlas, quiero recordar otra serie que posiblemente sí tuvo alguna influencia en aquella decisión. Y es que muy pocos podrían resistirse a la vida de lujo y emoción que prometía el bufete de abogados McKenzie, Brackman, Chaney y Kuzak, justo después de que el maletero de un coche con matrícula LA LAW se cerrara y comenzara a sonar otra de las míticas sintonías televisivas de los 80. Bienvenidos a La ley de Los Ángeles

La ley de Los Ángeles, Créditos de apertura, 1986-1994.

«Tenéis muchos sueños. Buscáis la fama. Pero la fama cuesta. Pues aquí es dónde vais a empezar a pagar. Con sudor.»

Reconozco que, como de muchas otras series y programas que he traído hasta aquí, muy poco es lo que recuerdo de esta serie, más allá de algunos personajes y situaciones más o menos habituales en este tipo de producciones. Sin embargo, la arenga inicial, acompañada del preceptivo toque de bastón contra el suelo y los acordes de su conocidísima banda sonora de fondo, es un recuerdo absolutamente inolvidable. De hecho, es EL recuerdo que todo el mundo guarda y guardará de esta serie. Porque la fama cuesta.

Fama, Créditos de apertura, 1982-1987.

En los años 80, hablar de un ángel y televisión era sinónimo de un encasillado —aunque eso fue ya en los 90— Michael Landon y su eterno personaje de una serie que sólo recuerdo por la banda sonora de sus inolvidables créditos de apertura. Por eso y porque jamás fui capaz de ver un episodio completo sin caer dormido, posiblemente a causa de la mezcla entre la lentitud de la serie y su exceso de azúcar. En cualquier caso, las aventuras de este ángel en busca de sus alas que, junto a un simple mortal, recorría los Estados Unidos en una autopista hacia el cielo forma parte de la historia de la televisión. Y con todo merecimiento.

Autopista hacia el cielo, Créditos de apertura, 1984-1989.

Ahora que estamos estrenando papa, no se me ocurre un mejor tema para traer a este proyecto que la serie australiana que en 1985 conmocionaba a una España todavía muy influida por la Iglesia Católica Apostólica y Romana, a la vez que convertía en todo un sex-symbol –prohibido y pecaminoso— a su protagonista.

El pájaro espino, la historia de amor protagonizada por el ambicioso padre Ralph de Bricassart, encarnado por Richard Chamberlain, estaba destinada a no pasar desapercibida en la España de mitad de los 80, aunque es más que posible que los que éramos niños en aquella época no entendiésemos nada de lo que allí se contaba. Si es que nos dejaban verla, que esa es otra.

Y, por supuesto, desapercibida no pasó. La prueba es que casi 30 años después, su recuerdo continúa, nítido y tan escandaloso como el primer día, aferrado a la memoria colectiva.

El pájaro espino, Capítulo 1, 1983.

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