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Aquella caja de viejos libros escolares que encontré durante la limpieza del pasado mes de agosto, no sólo contenía los dos libros de lecturas de los que he hablado en domingos anteriores, sino que escondía también los que fueron los tres libros de texto con los que inicié mi andadura escolar, allá por Primero de E.G.B. Eran tres pesados y voluminosos ejemplares —dedicados cada uno de ellos a las tres principales áreas que había que estudiar— editados por Anaya, al contrario de otros muchos que posteriormente pasaron por mis manos, nunca los he podido olvidar.

El medio y yo

«El medio y yo», paradójicamente, el mejor conservado de los tres.

Quizá sea porque fueron los que me introdujeron en el apasionante, agotador y muchas veces frustrante camino de la vida académica. O, simplemente, porque me gustaban sus portadas, con fotografías protagonizadas por niños —que siempre me recordaron a los vídeos que se emitían en Barrio Sésamo— enmarcadas en la silueta de un árbol o una flor. Y la apelación directa que empleaban en sus títulos, al unir la materia a estudiar con el alumno gracias a un simple y brillante «y yo».

Paradójicamente, El medio y yo, dedicado a los temas de Naturaleza y Ciencias Sociales —quién nos iba a decir que ahí se escondía un precedente de la actual asignatura de Conocimiento del Medio— es el que mejor se conserva. Los de Lengua y, sobre todo, Matemáticas, en cambio, están bastante perjudicados. Tienen casi 30 años. Así que tampoco están tan mal.

Las letras y yo

«Las letras y yo», dirigido por Fernando Lázaro (Carreter).

Los números y yo

«Los números y yo», un manual de matemáticas prácticamente deshecho.

 

Tras aprender a leer como los mayores con las lecturas de Alameda, el libro del que les hablaba la pasada semana, durante mi primer año de la E.G.B. continuamos adentrándonos en el mundo de la lectura con Los caramelos mágicos, otro volumen de lecturas que nos introducía en el maravilloso mundo de los cuentos usando como hilo conductor una serie de caramelos de colores proporcionados por un simpático tendero cuya ingesta —si no recuerdo mal— llevaba a los protagonistas del libro a vivir toda clase de aventuras.

No lo había pensado hasta ahora, pero visto con ojos de un adulto de hoy en día, el punto de partida de esta introducción a la lectura que proponía Santillana a comienzos de los años 80, puede resultar un tanto políticamente incorrecto.

Quizá por ello, sobra decir que este libro, que al igual que el anterior, apareció en una de las cajas que revisamos durante la limpieza general del pasado verano, no acabó en el cubo de la basura.

Los Caramelos Mágicos

Los Caramelos Mágicos, «fantasía y lectura 2» de Santillana.

El pasado mes de agosto, mientras hacíamos limpieza en una especie de trastero de casa me encontré con un par de cajas en las que se guardaban la práctica totalidad de los libros de texto que utilicé a lo largo de la E.G.B., desde Primero hasta Octavo. Entre ellos, se encontraban dos libros de lectura a los que guardo un cariño especial y que ya daba por perdidos.

A estas alturas, no creo que decir que he sido un lector compulsivo durante prácticamente durante toda mi vida sea una confesión escandalosa. Pero sí que servirá para entender por qué me hizo ilusión encontrarme con unos libros que tienen ya casi treinta años y están, literalmente, cayéndose a cachos: empecé a leer con sus historias. Y, por eso, hoy recuerdo que las primeras páginas de Alameda, ese libro en cuya portada verde —nunca supe por qué— dormían dos enormes leones pardos, venían impresas en una tipografía que imitaba la caligrafía manual. Sin embargo, hacia la mitad consideraba ya a sus pequeños lectores lo suficientemente grandes como para empezar a leer en letras de molde y, por ello, a partir de ese punto, cambiaba a tipos de imprenta.

No sé por qué, ese razonamiento quedó grabado en mi mente. Fue lo primero que pensé cuando me encontré con el libro hace un par de meses. Y eso fue, precisamente, lo que me impidió tirarlo a la basura. Y, por eso, ahí está, dentro de una caja junto con las pocas cosas que se salvaron de ese zafarrancho al que llamamos limpieza general.

Alameda

Alameda, lecturas «felinas» para el Ciclo Inicial de la Educación General Básica.

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