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Si a comienzos de esta aventura bloguera dedicaba una de las primeras entradas sobre Barrio Sésamo a comentar la que probablemente es una de las dos canciones importadas de Estados Unidos que con más cariño recordamos los niños que crecimos con ese programa, hoy, que afrontamos nuestra penúltima cita semanal, no puedo menos que comenzar a despedirme con la otra.

Porque, si Está lloviendo hoy ya parecía una canción mítica, de esas que aún hoy eres capaz de cantar casi al completo —o sin el casi—, la historia de la niña que cada año aprovecha el cumpleaños de su llama para sacarla de paseo por las calles de Nueva York y llevarla al dentista, no es sólo mítica, sino completamente surrealista. E inolvidable. Y, ya se sabe, si a una llama, con esa impresionante dentadura, no le impresiona ir al dentista, mucho menos debían temer los niños de la época.

Son tantas —y tan dispares— las sensaciones que despierta este vídeo que después de verlo, a nadie debe extrañarle que la llama se llame Mari Chari —y no llama, como intentaba engañarnos la canción— y su dueña, a pesar de ser de Nueva York, Margarita.

Barrio Sésamo, Yo y mi llama, c. 1984.

En la mente de todos los que fuimos niños de los 80, el nombre de Epi suele ir ligado indisolublemente al de Blas, así que el vídeo con el que vamos a despedir a estos personajes es casi una auténtica rareza, no sólo porque Epi aparezca sin intentar sacar de sus casillas a su paciente compañero de piso, sino porque, además, intenta un imposible: conseguir que Triki, el inolvidable monstruo de las galletas, renuncie a su comida favorita por una sosa y aburrida zanahoria. Un intento que, por supuesto, acaba con nefastas consecuencias para el bueno de Epi.

Paradójicamente, dicen por ahí, con la llegada del nuevo siglo y la dictadura del correctismo político, Triki ha abrazado la dieta sana y se dedica a ilustrar a los niños acerca de los beneficios de comer frutas y verduras. Aunque coincido en que enseñar a los niños que es necesario mantener una alimentación variada y saludable debe formar parte de su educación, me parece que creer que se dedicarán a comer únicamente galletas porque un monstruo de peluche azul lo hace es subestimar demasiado su inteligencia. La de los niños y la de Triki.

Y, si no lo creen, ya verán cómo acabó el pobre Epi.

Barrio Sésamo, Epi, Triki y las zanahorias, c. 1984.

“La vida es así (la vida es así)
Llena de encantos y de emoción
Es un bosque, un río, lluvia viento y sol
Es el vuelo de una paloma
Es el el canto de un ruiseñor
Una flor que se abre en el centro de tu corazón”

Habiendo estudiado no una, sino dos carreras de letras, todavía hoy no logro explicarme por qué siempre me gustó mucho más Érase una vez la vida, una de las muchas coproducciones internacionales en las que participó Televisión Española, que su predecesora, enfocada en mostrar los avances de la humanidad a lo largo de su historia.

Quizá esa mayor querencia por esta serie se debe a la peculiar forma con la que mostraba «la fabulosa historia del cuerpo humano», convirtiéndolo en una suerte de ecosistema que imitaba a una sociedad en la que cada uno de los personajes que ya conocíamos por las series anteriores desempeñaba una función determinada y eso me resultaba fascinante. O, quizá, porque la repitieron tantas veces que uno, como si se tratase de Verano azul, acabó cogiéndole cariño.

Porque de lo que casi estoy seguro es que no fue a causa de los chicles Dubble Bubble y su álbum de cromos, ya que, como me ocurriera con el de La almibarada aldea del Arce, nunca lo pude terminar.

También estoy casi seguro de que los linfocitos B que aparecían en esta serie, junto a sus futuristas naves espaciales, sirvieron de inspiración a los creativos que desarrollaron las primeras campañas del Equipo Actimel para Danone. Pero, parafraseando una vez más a Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Érase una vez la vida, Créditos de apertura, 1986.

Aquella caja de viejos libros escolares que encontré durante la limpieza del pasado mes de agosto, no sólo contenía los dos libros de lecturas de los que he hablado en domingos anteriores, sino que escondía también los que fueron los tres libros de texto con los que inicié mi andadura escolar, allá por Primero de E.G.B. Eran tres pesados y voluminosos ejemplares —dedicados cada uno de ellos a las tres principales áreas que había que estudiar— editados por Anaya, al contrario de otros muchos que posteriormente pasaron por mis manos, nunca los he podido olvidar.

El medio y yo

«El medio y yo», paradójicamente, el mejor conservado de los tres.

Quizá sea porque fueron los que me introdujeron en el apasionante, agotador y muchas veces frustrante camino de la vida académica. O, simplemente, porque me gustaban sus portadas, con fotografías protagonizadas por niños —que siempre me recordaron a los vídeos que se emitían en Barrio Sésamo— enmarcadas en la silueta de un árbol o una flor. Y la apelación directa que empleaban en sus títulos, al unir la materia a estudiar con el alumno gracias a un simple y brillante «y yo».

Paradójicamente, El medio y yo, dedicado a los temas de Naturaleza y Ciencias Sociales —quién nos iba a decir que ahí se escondía un precedente de la actual asignatura de Conocimiento del Medio— es el que mejor se conserva. Los de Lengua y, sobre todo, Matemáticas, en cambio, están bastante perjudicados. Tienen casi 30 años. Así que tampoco están tan mal.

Las letras y yo

«Las letras y yo», dirigido por Fernando Lázaro (Carreter).

Los números y yo

«Los números y yo», un manual de matemáticas prácticamente deshecho.

 

Tras aprender a leer como los mayores con las lecturas de Alameda, el libro del que les hablaba la pasada semana, durante mi primer año de la E.G.B. continuamos adentrándonos en el mundo de la lectura con Los caramelos mágicos, otro volumen de lecturas que nos introducía en el maravilloso mundo de los cuentos usando como hilo conductor una serie de caramelos de colores proporcionados por un simpático tendero cuya ingesta —si no recuerdo mal— llevaba a los protagonistas del libro a vivir toda clase de aventuras.

No lo había pensado hasta ahora, pero visto con ojos de un adulto de hoy en día, el punto de partida de esta introducción a la lectura que proponía Santillana a comienzos de los años 80, puede resultar un tanto políticamente incorrecto.

Quizá por ello, sobra decir que este libro, que al igual que el anterior, apareció en una de las cajas que revisamos durante la limpieza general del pasado verano, no acabó en el cubo de la basura.

Los Caramelos Mágicos

Los Caramelos Mágicos, «fantasía y lectura 2» de Santillana.

El pasado mes de agosto, mientras hacíamos limpieza en una especie de trastero de casa me encontré con un par de cajas en las que se guardaban la práctica totalidad de los libros de texto que utilicé a lo largo de la E.G.B., desde Primero hasta Octavo. Entre ellos, se encontraban dos libros de lectura a los que guardo un cariño especial y que ya daba por perdidos.

A estas alturas, no creo que decir que he sido un lector compulsivo durante prácticamente durante toda mi vida sea una confesión escandalosa. Pero sí que servirá para entender por qué me hizo ilusión encontrarme con unos libros que tienen ya casi treinta años y están, literalmente, cayéndose a cachos: empecé a leer con sus historias. Y, por eso, hoy recuerdo que las primeras páginas de Alameda, ese libro en cuya portada verde —nunca supe por qué— dormían dos enormes leones pardos, venían impresas en una tipografía que imitaba la caligrafía manual. Sin embargo, hacia la mitad consideraba ya a sus pequeños lectores lo suficientemente grandes como para empezar a leer en letras de molde y, por ello, a partir de ese punto, cambiaba a tipos de imprenta.

No sé por qué, ese razonamiento quedó grabado en mi mente. Fue lo primero que pensé cuando me encontré con el libro hace un par de meses. Y eso fue, precisamente, lo que me impidió tirarlo a la basura. Y, por eso, ahí está, dentro de una caja junto con las pocas cosas que se salvaron de ese zafarrancho al que llamamos limpieza general.

Alameda

Alameda, lecturas «felinas» para el Ciclo Inicial de la Educación General Básica.

Necesitado de desconectar de la rutina y de mi entorno habitual, hace un par de semanas se me ocurrió que sería una buena idea materializar al fin la eterna escapada a Londres que, desde hace más de cinco años voy postergando una y otra vez. Desde que tomé la decisión, descubrí un par de billetes a buen precio en horarios y fechas razonables y reservé un típico hotelito en las cercanías de Victoria Station, no puedo sacarme de la cabeza a aquel peculiar profesor dibujado sobre fondo anaranjado que, desde la ventana de Muzzy, se encargaba de desearnos buenos días —y tardes y noches— a lomos de su bicicleta.

Porque, mientras en mi cabeza se repite machaconamente el soniquete que cantaba el personaje, no puedo dejar de pensar en lo oxidado que tengo mi speaking. Y, a pesar de ello voy volando, ahora mismito, rumbo al mayor examen oral de inglés al que me haya enfrentado en mi vida. Y voy a pasármelo bien.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

“Érase una vez
un planeta triste y oscuro
y la luz al nacer
descubrió un bonito mundo de color”

Poco puedo decir de esta serie francesa que —al igual que hicieron algunas de sus secuelas con otros temas—, marcó la forma de acercarse a la historia de toda una generación de niños que crecieron viendo sus capítulos que, aunque sólo fueran 26 parecen muchos más. Pedro, Pedrito, Flor, el Maestro y, por supuesto, Tiñoso y Canijo, los dos individuos sobre los que recaía la ingrata tarea de intentar fastidiar todos sus planes, son personajes tan inolvidables que tengo que reconocer que más de un episodio histórico lo asocio a sus figuras.

De hecho, hace unos días hablaba con mi padre del principio de Arquímedes, a raíz de una pregunta que formularon en un concurso de televisión y la primera imagen que me vino a la cabeza fue la del Maestro interpretando al sabio griego que saltaba de la bañera para recorrer desnudo las calles de Siracusa gritando «¡Eureka!», aunque, en realidad, el que lo hiciera fuera Pedro. Como apuntaba, poco más puedo decir de esta recomendable serie francesa.

Érase una vez… el hombre, Créditos de apertura, 1978.

En las últimas semanas he hablado en un par de ocasiones de los —potencialmente perniciosos— efectos que Muzzy ha podido tener en los niños que intentábamos aprender inglés en los años 80. Sin embargo, hasta ahora no he hablado de Follow Me, un simpático curso de inglés coproducido por la BBC que desembarcó en la Segunda Cadena en 1985. Hace unos años escribía que al recordar esta serie vinieron a mi mente bastantes recuerdos de mi infancia en un patio y una casa que hoy ya no existen.

Todavía, cada vez que veo su cabecera, esas sensaciones siguen viniendo a mí. Quizá esta serie, de la que sigo sin recordar poco más que algunas escenas sueltas y su característica cabecera, sea el mejor ejemplo de lo que buscaba cuando decidí crear este blog con fecha de caducidad: volver a sentir aquellos años maravillosos a través de algo tan banal y ordinario como la televisión. Y aunque sea en inglés.

Follow Me, Créditos de apertura, 1980.

En alguna ocasión anterior ya he comentado que siempre sospeché que la influencia que las aventuras de Muzzy, aquel extraterrestre verde y peludo que comía todo tipo de artilugios mecánicos, ejerció durante los niños que lo vimos en algún momento durante los años 80 no había podido ser muy buena. Que aún hoy, dos décadas y media después, siga recordando la extraña canción con la que el jardinero Bob y la princesa Sylvia nos enseñaban a decir las vocales mientras viajaban en moto por la campiña —suponemos que— británica me ratifica en esa impresión.

A cambio de ese inquietante efecto secundario, nunca olvidé cómo son las vocales en inglés.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

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