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“La vida es así (la vida es así)
Llena de encantos y de emoción
Es un bosque, un río, lluvia viento y sol
Es el vuelo de una paloma
Es el el canto de un ruiseñor
Una flor que se abre en el centro de tu corazón”

Habiendo estudiado no una, sino dos carreras de letras, todavía hoy no logro explicarme por qué siempre me gustó mucho más Érase una vez la vida, una de las muchas coproducciones internacionales en las que participó Televisión Española, que su predecesora, enfocada en mostrar los avances de la humanidad a lo largo de su historia.

Quizá esa mayor querencia por esta serie se debe a la peculiar forma con la que mostraba «la fabulosa historia del cuerpo humano», convirtiéndolo en una suerte de ecosistema que imitaba a una sociedad en la que cada uno de los personajes que ya conocíamos por las series anteriores desempeñaba una función determinada y eso me resultaba fascinante. O, quizá, porque la repitieron tantas veces que uno, como si se tratase de Verano azul, acabó cogiéndole cariño.

Porque de lo que casi estoy seguro es que no fue a causa de los chicles Dubble Bubble y su álbum de cromos, ya que, como me ocurriera con el de La almibarada aldea del Arce, nunca lo pude terminar.

También estoy casi seguro de que los linfocitos B que aparecían en esta serie, junto a sus futuristas naves espaciales, sirvieron de inspiración a los creativos que desarrollaron las primeras campañas del Equipo Actimel para Danone. Pero, parafraseando una vez más a Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Érase una vez la vida, Créditos de apertura, 1986.

“Érase una vez
un planeta triste y oscuro
y la luz al nacer
descubrió un bonito mundo de color”

Poco puedo decir de esta serie francesa que —al igual que hicieron algunas de sus secuelas con otros temas—, marcó la forma de acercarse a la historia de toda una generación de niños que crecieron viendo sus capítulos que, aunque sólo fueran 26 parecen muchos más. Pedro, Pedrito, Flor, el Maestro y, por supuesto, Tiñoso y Canijo, los dos individuos sobre los que recaía la ingrata tarea de intentar fastidiar todos sus planes, son personajes tan inolvidables que tengo que reconocer que más de un episodio histórico lo asocio a sus figuras.

De hecho, hace unos días hablaba con mi padre del principio de Arquímedes, a raíz de una pregunta que formularon en un concurso de televisión y la primera imagen que me vino a la cabeza fue la del Maestro interpretando al sabio griego que saltaba de la bañera para recorrer desnudo las calles de Siracusa gritando «¡Eureka!», aunque, en realidad, el que lo hiciera fuera Pedro. Como apuntaba, poco más puedo decir de esta recomendable serie francesa.

Érase una vez… el hombre, Créditos de apertura, 1978.

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