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A lo largo de los últimos meses he traído hasta aquí muchos de los míticos personajes de dibujos animados de la factoría Hanna-Barbera que, pese a haber sido dos o tres décadas antes, gozaron de gran popularidad hasta bien entrados los años 80. Esta aventura bloguera se acaba y veo que se no voy a tener tiempo suficiente para hablar de algunas de esas míticas series que, en poco más de cinco minutos narraban las aventuras de todo tipo de personajes.

Así que, de la misma forma que las cadenas de televisión unían varias historias en un programa contenedor, hoy voy a aprovechar para recordar a tres personajes —que en realidad son cinco— que no quiero que se me queden en el tintero. El primero de ellos es el lagarto Juancho, un antropomorfizado caimán de Florida que, siguiendo la estela del oso Yogui o el gorila Maguila, no deja de meterse en líos cada vez que intenta escaparse del zoológico en el que vive, cosa que intenta en cada capítulo de la serie.

Leoncio y Tristón son los protagonistas de la segunda serie de hoy, que narra las desventuras de un voluntarioso y poco afortunado león, acompañado de una pesimista hiena que no deja de repetir «¡Oh, cielos, qué horror!», cada vez que sus alocados planes se ven frustrados, algo que ocurría varias veces por episodio.

Y cerramos el repaso, quizá, con la serie más extraña de todas, ya que no está protagonizada por animales, sino por auténticos humanos. Se trata del Show de Abbott y Costello, un producto que, tal y como su propio nombre indica, trasladaba las humorísticas desventuras de este popular dúo cómico al universo animado de Hanna-Barbera.

Curiosamente, de todos los productos de esta factoría que se emitieron durante aquellos años, el protagonizado por Abbott y Costello —junto con las aventuras de Leoncio y Tristón— es la serie de la que conservo un recuerdo mucho más desdibujado, algo que no me ocurre con Juancho. Posiblemente, este hecho ha contribuido a que se haya fijado en mi memoria como un personaje bastante insoportable. Igual que Maguila, Pepe Pótamo o la Tortuga D’Artagnan, sin ir mucho más lejos.

Leoncio el león y Tristón, Créditos de apertura, 1962-1963.

Llamándose Pierre Nodoyuna está más que claro que el protagonista de esta disparatada serie inspirada en la película La carrera del siglo no iba a lograr alzarse con la victoria, a pesar de sabotear de todas las formas inimaginables los vehículos de sus competidores junto a su perro Patán. Igual que el pobre —es un decir— Coyote, Nodoyuna emplea toda clase de tácticas para intentar echar de la carrera a sus perseguidores, consiguiendo únicamente quedar él fuera de combate, cuando lo más probable es que hubiese ganado sin necesidad de recurrir a ningún tipo de ardid.

Gracias a eso, personajes como Penélope Glamour, Luke el granjero y el Oso Miedoso o el Barón Hans Fritz, junto a míticos vehículos como el El Súper Chatarra Special, el Alambique Veloz, el Troncoswagen o el propio Súper Ferrari Especial de Nodoyuna forman desde hace años parte de nuestra memoria colectiva. Y a mucha honra.

Los autos locos, Créditos de apertura, 1968-1970.

Cuando apenas me quedan 110 entradas por escribir para finiquitar este proyecto, cada vez que me doy cuenta de que no he escrito acerca de una serie, programa o personaje cuyo recuerdo infantil se me antoja fundamental para explicar (me) quien soy hoy —hago excepción de los que deliberadamente estoy reservando para las últimas entradas— siento un impulso casi irrefrenable de darme unos cuantos cabezazos contra el teclado. Pero, por suerte, logro controlarlo. Básicamente porque el ordenador me costó bastante dinero y aún es relativamente nuevo y porque solo tengo una cabeza y si la estropeo más de lo que está igual voy a tener un problema.

Hecha esta innecesaria aclaración, tengo que reconocer que es justo así como me he sentido al revisar la lista de temas que quiero tratar y descubrir que aún no había escrito ni una sola línea sobre uno de los personajes más carismáticos de la factoría Hanna-Barbera y, seguramente, de los más recordados por muchísimas generaciones: el oso Yogui.

Y, creo, que muy poco más hay que añadir. Porque me resulta inconcebible que exista alguien, con independencia de la década en la que naciera, que no recuerde a este entrañable a la vez que pícaro y ligeramente insoportable —al menos para el guarda Smith— oso pardo con tendencia a hablar usando pareados que vivía en el Parque Nacional de Yellowstone junto a su amigo Bubu y cuya mayor ocupación era meterse en toda clase de líos mientras intentaba robar la cesta de la merienda —con sus correspondientes emparedados— a los incautos excursionistas que visitaban el parque. Por suerte —o por desgracia, según se mire—, prácticamente nunca lograba su objetivo.

El Oso Yogui, Créditos de apertura, 1958-1962.

Aunque tan solo consta de una temporada de 30 episodios, Don Gato ha pasado a la historia como otra de las míticas series que produjo la factoría Hanna-Barbera en la década de los 60. En España, como muchos otros de estos productos, fue emitida dos décadas más tarde, aunque tengo que confesar que yo no la recuerdo precisamente por su emisión en televisión. O, mejor dicho, mis recuerdos de su emisión en televisión son mucho más difusos que los que guardo de un VHS que, a finales de esa década, le regalaron a mi hermano.

La serie narraba las desventuras de una pandilla de gatos callejeros de Manhattan, capitaneada por Don Gato un minino amarillo con alma de truhán y sombrero y chalecos violeta. Acompañado de sus amigos Benito, Cucho o Demóstenes —y siempre doblados con acento mexicano—, Don Gato ideaba todo tipo de tretas para ascender en la escala social, en las que casi siempre se veía enredado el Oficial Matute, un agente de policía encargado de vigilar el barrio donde se encuentra el callejón en el que vivía la banda.

Y precisamente eso es lo que ocurría en uno de los dos episodios que contenía la cinta que le regalaron a mi hermano. Benito se hace con un violín y, al escucharlo tocar, todos creen que es un virtuoso de este instrumento. Sin embargo, lo que escuchan es un disco de un intérprete desaparecido que acaba de comprar el Oficial Matute. Un importante productor musical que pasaba por allí escucha la música y, creyendo que quien tocaba era Benito sólo acierta a gritar a su chófer «¡Alto la música!… digo ¡alto el auto!». Don Gato intentará sacar tajada y pronto todo se liará. El final, como siempre, no será bueno para nadie. Salvo para Laszlo Loszla.

¿Qué quién es Laszlo Loszla?, se preguntarán. La respuesta es sencilla. Sólo tienen ver el episodio para averiguarlo.

Don Gato, Créditos de apertura, 1961-1962.

Como ya he compartido en alguna que otra ocasión, mis recuerdos de infancia están trufados de capítulos de series que produjo la factoría Hanna-Barbera durante los años 60 y 70 y que llegaron a España con doblaje latinoamericano, emitiéndose hasta muy bien entrados los 80. En ellas había personajes que me caían mejor que otros, pero sin duda, no había ninguno tan simpático como aquel conserje de una comisaría que, tras detectar una llamada de socorro se convertía en un patoso superhéroe que capturaba al criminal gracias a la ayuda de un gato y grandes dosis de buena suerte. Porque, aunque su nombre fuera Hong Kong Phooey —pronúnciese «Hong Kong Fui»— y presumiera de practicar el kung-fu, la realidad es que de artes marciales no sabía nada de nada.

De su peculiar coche de aires orientales, capaz de convertirse en casi cualquier otro medio de transporte y, sobre todo, del hecho de que fuera un perro, en un mundo en el que el resto de personajes eran humanos, mejor no hablamos. Total, tampoco tendría una explicación racional ni razonable.

Hong Kong Phooey, Créditos de apertura y cierre, 1974-1976.

Durante los años 80, fue frecuente que las productoras creasen algunos spin offs de sus series de animación más conocidas, con la esperanza de repetir el éxito de aquellas. Una de ellas fue Los pequeños Picapiedra, producto con el que Hanna-Barbera nos retrotraía a la infancia de Pedro, Pablo, Wilma, Betty e incluso Dino para mostrarnos los líos en los que, al igual que de adultos, se veían involucrados los cuatro protagonistas.

Si trasladar la sociedad actual a la Edad de Piedra siempre funcionó con unos Picapiedra adultos, lo cierto es que con sus versiones infantiles no ocurrió lo mismo. Baste decir que, a mi siempre personal juicio, lo mejor de la serie eran los chicles que se vendieron durante la época de su emisión, con sus pegatinas de los personajes y unos pequeños petrodólares que, convenientemente coleccionados seguramente darían derecho a un regalo. Aunque, viniendo de esta serie, igual tampoco merecía la pena.

Los pequeños Picapiedra, Créditos de apertura, 1986-1988.

Quizá porque hoy mi primo pequeño hace su Primera Comunión, los extraños vericuetos de la mente me han traído a la memoria la serie que en 1984 coprodujeron Hanna-Barbera y France3 con el pistolero Lucky Luke como protagonista. Imagino que habrá sido porque el recuerdo que guardo de ella —muy vago, eso sí— me transporta al mediodía de los sábados, recién llegado de la catequesis en la que me adoctrinaban para recibir la Primera Comunión. Tiempos de ingenuidad e inocencia, sin duda.

Lucky Luke, Créditos de apertura, 1984.

Tras algo más de dos meses y medio y ochenta entradas, creo que ya iba siendo hora de traer a esta bitácora una de las series insignia de la factoría Hanna-Barbera y todo un clásico en lo que a animación prehistórica se refiere. Porque, con independencia de la generación a la que se pertenezca, todo el mundo conoce a Pedro y Wilma Picapiedra y a Pablo Cuchi-Cuchi Mármol y a su esposa Betty. Sabe quién es Dino y, por supuesto, es capaz de repetir su grito de guerra.

Así que, ¡Yabba dabba du! Con acento sudamericano, por supuesto. Y de lo que vino después, ya hablaremos otro día.

Los Picapiedra, Créditos de apertura, 1960-1966.

De todas las tiras de dibujos animados que produjo Hanna-Barbera, posiblemente una de las más tiernas sea la de Maguila el gorila, que, como su propio nombre indica, estaba protagonizada por un bonachón aunque patoso gorila condenado a vivir tras el escaparate de la tienda del señor Pebbles mientras no aparezca nadie dispuesto a comprarlo.

Como siempre, lo mejor de estas series de los años 60 es su doblaje sudamericano. Si hubiesen sido dobladas en España, el resultado habría sido muy diferente. Y peor, me temo.

Maguila Gorila, El gorila buceador, 1965.

Un ratón Mexicano y otro con acento cubano andan todo el día a la gresca con un gato andaluz. De un argumento tan loco sólo podía salir una genialidad como Pixie y Dixie y, por supuesto, el gato Jinks. Una clásica relación de amor-odio con todas las de la ley surgida en los estudios de Hanna-Barbera. ¿Dónde si no?

Pixie y Dixie, La siesta (Fragmento), 1958-1961.

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