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La mezcla entre western y musical es algo que siempre me ha llamado mucho la atención, algo que achaco a la influencia de películas como Siete novias para siete hermanos y, sobre todo, La leyenda de la ciudad sin nombre y el mítico tema Wand’rin’ star. Por eso, y pese a que el oeste no es uno de mis temas cinematográficos favoritos, siempre me parecieron muy curiosas las innumerables escenas que, ambientadas, en ese tipo de escenarios protagonizaban los muppets que aparecían en Barrio Sésamo.

Desde las inolvidables discusiones de un Coco convertido en cowboy con la deslenguada Jaca Paca, hasta este número musical que narra la historia de la transformación de aquella ciudad a la que llamaban Peste. Inculcando civismo. Una vez más.

Barrio Sésamo, La ciudad que se llamaba Peste, c. 1984.

Aunque durante muchísimo tiempo pensé que el eslogan decía «ya» en lugar de «yo», lo cierto es que esta simple tonadilla —«Yo no puedo estar sin él»— ha sido sinónimo durante muchos años del producto que anunciaba. Porque en todas las casas del país tenía que haber un estropajo verde de Scotch-Brite —hasta que llegaron las marcas blancas— listo para deshacer cualquier fregado que se le pusiera por delante.

Es cierto que con el paso del tiempo —y la evolución de la sociedad—, los anuncios fueron variando, pero su esencia —al igual que la mujer que adornaba su envase y que se parecía muchísimo a una conocida que tuve hace años— siempre siguió ahí. Como el eslogan. Y los estropajos verdes.

Scotch-Brite, Yo no puedo estar sin él, 1983.

La publicidad televisiva, esas pequeñas historias contadas en unos pocos segundos y que pretenden persuadirnos para consumir toda clase de productos que en la mayor parte de los casos no necesitamos, está destinada a quedar grabada en nuestra memoria. O, al menos, lo estaba. Porque en los años 80, con solo dos canales de televisión, el zapping no era una opción y dedicar las pausas a consultar Twitter habría sonado a chino. No quedaba otra que tragarse todos los anuncios.

Gracias a ello, tres décadas después, recordamos que con Pronto de Johnson, «además de limpieza, consigues belleza», aunque, para ser sincero lo que de verdad nos habría gustado a todos es decir aquello de «Tú pasa el Pronto y yo el paño» y tirarnos sobre la mesa de juntas, aun a riesgo de cargarnos el arcaico ordenador que se ve al fondo. Que la presidenta del consejo fuese una mujer es lo de menos. Yo siempre tendré el trauma de no haber podido imitarla.

Anuncio Pronto, «Tú pasa el Pronto y yo el paño».

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