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Necesitado de desconectar de la rutina y de mi entorno habitual, hace un par de semanas se me ocurrió que sería una buena idea materializar al fin la eterna escapada a Londres que, desde hace más de cinco años voy postergando una y otra vez. Desde que tomé la decisión, descubrí un par de billetes a buen precio en horarios y fechas razonables y reservé un típico hotelito en las cercanías de Victoria Station, no puedo sacarme de la cabeza a aquel peculiar profesor dibujado sobre fondo anaranjado que, desde la ventana de Muzzy, se encargaba de desearnos buenos días —y tardes y noches— a lomos de su bicicleta.

Porque, mientras en mi cabeza se repite machaconamente el soniquete que cantaba el personaje, no puedo dejar de pensar en lo oxidado que tengo mi speaking. Y, a pesar de ello voy volando, ahora mismito, rumbo al mayor examen oral de inglés al que me haya enfrentado en mi vida. Y voy a pasármelo bien.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

En alguna ocasión anterior ya he comentado que siempre sospeché que la influencia que las aventuras de Muzzy, aquel extraterrestre verde y peludo que comía todo tipo de artilugios mecánicos, ejerció durante los niños que lo vimos en algún momento durante los años 80 no había podido ser muy buena. Que aún hoy, dos décadas y media después, siga recordando la extraña canción con la que el jardinero Bob y la princesa Sylvia nos enseñaban a decir las vocales mientras viajaban en moto por la campiña —suponemos que— británica me ratifica en esa impresión.

A cambio de ese inquietante efecto secundario, nunca olvidé cómo son las vocales en inglés.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

Tiempo atrás me preguntaba qué consecuencias podría haber tenido para una mente infantil seguir las desventuras de Muzzy y sus compañeros mientras intentaba aprender algo de inglés. Después de haberlo pensado durante algún tiempo, imagino que la respuesta debe de ser algún que otro trauma. Si no, ya me explicarán por qué una de las secuencias más recordadas es aquella en la que decenas de clones de la princesa Sylvia que no dejaban de repetir «Hello, daddy» y «Yes, mammy» por todo el palacio.

Aún hoy, acongoja.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

¿Qué consecuencias puede tener sobre la tierna mente infantil seguir las aventuras de un bicho verde, extraterrestre y peludo que se dedica a comer relojes, parquímetros y similares artilugios mecánicos cada vez que le entra hambre? Imagino que, según los creadores de esta mítica serie, la adquisición de algunos conocimientos de inglés. Sin embargo, en mi caso, para (casi) lo único que sirvió fue para poder decir «I’m Muzzy, big Muzzy. I’m hungry» cada vez que me estoy muriendo de hambre.

Del rey, el jardinero Bob, el pérfido Corvax y la princesa Sylivia y sus múltiples clones, ya hablaremos otro día, que ahora I’m hungry.

Muzzy, The Big Muzzy Story, 1986.

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