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Por tercera —y creo que última— vez voy a dedicar una entrada a Pepa Pérez, aquella simpática niña que cada vez que detectaba un problema que necesitara de su intervención pronunciaba un conjuro que la transformaba en Pepita Pulgarcita, para desesperación de su amigo el cuervo Viriato.

Y lo voy a hacer recordando la más inverosímil de sus aventuras, aquella en las que tuvo que hacer uso de todo su ingenio y habilidad para lograr aterrizar sano y salvo un avión teledirigido, después de que a su dueño se le cayera el mando a distancia al suelo y perdiera el control del aparato.

Ya desde niño, cada vez que veía este vídeo me preguntaba cómo era posible que alguien creyese que un avión teledirigido poseería una cabina dotada de todos los mandos necesarios para pilotarlo desde dentro y que, además, estos fuesen plenamente operativo. A mi —demasiado precoz— mente analítica le parecía algo descabellado. Sin embargo, cerca de tres décadas después, he llegado a la conclusión de que, teniendo en cuenta que es necesario que una niña recite un conjuro y se convierta en una especie de hada voladora para poder pilotarlo, esa cuestión carece de cualquier importancia.

Barrio Sésamo, El avión (Pepita Pulgarcita), c. 1984.

En los años 80, cuando las tardes —o, al menos, gran parte de ellas— se pasaban en la calle, junto a los amigos, que te robaran la bicicleta era casi lo peor que te podía pasar. Por suerte, algunos tenían la inestimable ayuda de Pepa Pérez y su amigo el cuervo Viriato para arreglarlo, es decir, nada menos que a Pepita Pulgarcita.

Barrio Sésamo, El robo de las bicicletas (Pepita Pulgarcita), c 1984.

De todas las historietas que se sucedían entre los distintos bloques que conformaban la historia principal de cada episodio de Barrio Sésamo, debo confesar que siempre consideré como las más extrañas aquellas que protagonizaba una muchacha llamada Pepa Pérez y que tenía como amigo a un cuervo parlanchín llamado Viriato.

En estas tiras de animación un tanto rudimentaria siempre ocurría algún pequeño incidente que motivaba que, tras recitar un sencillo conjuro y con evidente disgusto de Viriato, Pepa Pérez se transformara en Pepita Pulgarcita, una especie de mini superheroína capaz de volar y de solucionar cualquier entuerto, aunque las consecuencias de ello no siempre fuesen las esperadas. Como el día en que, de visita en el zoo, descubrió que una jirafa se había tragado un silbato…

Barrio Sésamo, Pepita Pulgarcita en el zoo, c. 1984.

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