Archivos para las entradas con etiqueta: Sociedad

A finales de los años 80, la sociedad occidental comenzaba a descubrir lo que era el sida y los prejuicios acerca de esa enfermedad campaban a sus anchas entre la opinión pública. Por ello, campañas de información como la emprendida por el Ministerio de Sanidad para divulgar qué conductas daban o no sida causaron cierto revuelo a la vez que abrían los ojos de muchas personas, quizá llenas de prejuicios tras la muerte, a causa de esta enfermedad, del actor Rock Hudson.

En mi caso personal, esta campaña se me quedó grabada en la memoria, además de por el anuncio de televisión, por unos folletos en los que esos mismos personajes informaban de qué actividades cotidianas podían transmitir el virus causante de la enfermedad y cuáles eran completamente inocuas. Curiosamente —y creo que por eso nunca lo olvidaré— estudiamos esos folletos para elaborar un trabajo sobre el sida para la asignatura de Religión de Séptimo de E.G.B., un curso en el que el contenido de esa materia —afortunadamente— estuvo más dedicado a la ética que a la moral católica.

El resto del país y al igual que ocurrió con el «Póntelo, pónselo», probablemente recuerde mucho más el eslogan del «si da, no da» por la polémica que generó su emisión. Y es que, entonces como ahora, existían muchos colectivos que preferían imponer sus ideas y que los demás vivieran en la más absoluta ignorancia y sometidos a su voluntad.

Ministerio de Sanidad y Consumo, No cambies tu vida por el Sida, 1988.

Hay algunas series o programas de televisión de los años 80 cuyo argumento o contenido soy incapaz de recordar, pero que, sin embargo, poseen algún elemento —generalmente una música o alguna escena muy concreta— que pueden despertar cientos de recuerdos y evocar en mi interior algunas sensaciones que me es imposible describir con palabras.

Un claro ejemplo de ello es Segunda enseñanza, una serie de 1986 ambientada —y rodada— en Oviedo, que narraba las vicisitudes de una profesora de instituto que se implicaba en las vidas de sus alumnos, más allá de lo que iba incluido en el sueldo y entre cuyos espectadores objetivo, con apenas ocho años, ni estaba ni se me esperaba.

Sin embargo, cada vez que escucho su sintonía y, ya que estamos, veo su cabecera, tan del estilo de las series dramáticas de TVE en los 80 —y, con algunas variaciones, casi siempre con los mismos actores— vuelvo a sentirme atrapado en aquella época y una multitud de recuerdos, inconexos y seguramente dulcificados por el tiempo, me asaltan una y otra vez.

Así que, aunque no recuerdo nada de su desarrollo, tengo su música grabada. Una banda sonora que, al igual que ocurría con la de Anillos de oro, estaba compuesta por Antón García Abril. Y la serie, dirigida por Pedro Masó, con guión de Ana Diosdado. Por lo que se ve, un triunvirato inolvidable.

Segunda enseñanza, Créditos de apertura, 1986.

Si cuando escribía acerca de Turno de oficio aseguraba tajantemente que esa serie no me influyó en absoluto a la hora de decantarme por estudiar Derecho, la misma afirmación pero mucho más rotunda puedo esgrimir para hablar de Anillos de oro, máxime cuando esta última se emitió tres años antes que la anterior y, por tanto, me cogió mucho más pequeño.

Sin embargo, con el paso de los años he tenido la ocasión de visionar alguno de sus capítulos en alguna de sus escasas reposiciones, imagino que, muy probablemente, cuando en los comienzos de las emisiones de la TDT, Televisión Española compartía la señal de Clan con la de un canal dedicado a rememorar sus 50 años de historia. Y digo sin embargo, porque, a diferencia de las revisiones que también he podido hacer de Turno de oficio —mejor no hablar de su prescindible secuela—, las historias que se contaban en la serie de Ana Diosdado me parecen mucho más interesantes, además de un fiel reflejo de las inseguridades, contradicciones e inquietudes a las que se enfrentaba la España de comienzos de los años 80.

Porque no se me ocurre un escenario mejor para mostrar esa situación que un despacho de abogados matrimonalistas en un país que estrenaba una ley que permitía los divorcios y, por primera vez en muchos años —en toda su historia me atrevería a decir—, proclamaba la igualdad de todos sus ciudadanos. Y trabajar para convertir esa igualdad formal en una igualdad real era una tarea titánica.

El derecho matrimonial —ni el de Familia en general— nunca fue una de mis predilecciones, pero creo que si esta serie me hubiese pillado con algo más de edad sí que podría haber contribuido a ratificarme en mi decisión. No solo por los temas que trataba, sino por las grandes interpretaciones de la poco recordada Ana Diosdado y un jovencito Imanol Arias y, sobre todo, por ese inolvidable tema de Antón García Abril cuyas notas comenzaban a sonar bajo una sugerente lluvia de alianzas. De anillos de oro. Toda una declaración de intenciones.

Anillos de Oro, Créditos de apertura, 1983.

A %d blogueros les gusta esto: