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Si series como Dallas o Dinastía sirvieron para descubrir a los españolitos de los 80 las miserias de las grandes familias petroleras estadounidenses, nuestra protagonista de hoy se convirtió en un auténtico fenómeno de masas en España —no así en Estados Unidos— al trasladar esas intrigas al ficticio y vinícola valle de Tuscany de la siempre más glamurosa California.

Sí, allí era donde se desarrollaban las intrigas que tenían como protagonistas a los Channing y los Gioberti, dos ramas del mismo clan familiar al frente del cual se encontraba Ángela Channing, una pérfida matriarca que gobernaba con pulso firme el destino de las bodegas de Falcon Crest.

Su fiel mayordomo Chao-Li, su malvado y ambicioso sobrino Richard —que luego resultaría no ser su sobrino—, los problemas que le causaba su díscolo nieto Lanceforjador del mito sexual de Lorenzo Lamas—, las discusiones con sus hijas, el eterno enfrentamiento con los cándidos Chase y Maggie Gioberti o con Melissa Agretti, mujer de su nieto y otra de sus archienemigas, o la presencia de un halcón en el patio de la casa son, sin duda, algunos de los elementos que todavía hoy recordamos de Falcon Crest.

Al igual que la evocadora sintonía que animaba unos créditos en los que no podían faltar las inevitables tomas aéreas tan características de estas series que seguían la limusina de Ángela Channing mientras atravesaba el Golden Gate y recorría el valle hasta llegar a la mansión victoriana, los globos aerostáticos y la presentación de los principales personajes de la serie –que alcanzaba su máximo exponente en la media vuelta de Susan Sullivan—, cerrada siempre por la eterna presencia del halcón que daba nombre a la finca.

Sí, Falcon Crest fue un éxito en España. Pero es que, a pesar de retratar la vida diaria de un auténtico nido de víboras, destilaba glamour –con hombreras y lentejuelas, vale, pero glamour al fin y al cabo— por los cuatro costados.

Falcon Crest, Créditos de apertura, 1981-1990.

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Si hace unos meses comentaba que uno de los trucos mejor empleados por los guionistas de Dinastía para elevar los niveles de audiencia de la serie era recurrir a las peleas entre la sosa Krystle y la pérfida Alexis y traje hasta aquí su momento más álgido, encarnado en la que disputaban en el estanque del jardín —y nótese que digo «en» y no «en torno a», porque acababan dentro del mismos, hoy rescato el origen de esa tradición, la primera pelea de gatas que abrió camino a una serie de batallas, a cada cual más patética, de las que los peinados imposibles, las lentejuelas y las hombreras salían bastante perjudicadas.

Esta pelea inaugural, toda una batalla campal, tuvo lugar en la cabaña que Alexis usaba como estudio de pintura y se inicia cuando Krystle le recrimina haberla hecho caer de un caballo, accidente por el cual perdió el bebé que esperaba. La riña es tan grande —prácticamente destrozan la habitación— como patética la escena que, como no podía ser de otra forma, acaba con la mosquita muerta de Krystle destrozando contra un mueble uno de los horrorosos lienzos de Alexis.

Antes de marcharse, eso sí, deja ya claro que se trata tan solo de la primera de una serie de muchos y memorables enfrentamientos físicos: «Si quieres la revancha, silba. Si puedes». Ya lo saben. Peleas de gatas.

Dinastía, Pelea en el estudio, 1982.

Decorados que pretendían ser los jardines de fastuosas mansiones californianas y cuyo horizonte no era más que un paisaje pintado en un lienzo de papel es el primer —y casi único y posiblemente falaz— recuerdo que acude a mi mente cuando pienso en Santa Bárbara, un auténtico culebrón con el sentido propio que se le suele dar a esa palabra en Españasoap opera es la expresión que lo define en inglés— que durante diez temporadas y más de 2.100 episodios emitió la cadena estadounidense NBC.

A nuestro país esta serie llegó hacia 1989 y, no sé por qué —o, más bien sí— siempre la consideré una hermana pobre, una especie de quiero y no puedo de las grandes intrigas familiares estadounidenses que tan bien habían encarnado Dallas, Dinastía y, sobre todo, Falcon Crest. Pero es que esas series jugaban en ligas mayores.

Así que, para mí, Santa Bárbara quedó reducida a unos decorados de cartón piedra con paisajes de papel pintado en los que se sucedían todo tipo de intrigas y traiciones familiares justo después de que una voz en off anunciara que íbamos a ver el capítulo número 1.274. Si es que hasta su cabecera, con ese arco de medio punto que se repetía una y otra vez era de bajo coste.

Santa Bárbara, Créditos de apertura, 1984-1993.

Uno de los grandes puntos de tensión de Dinastía fueron las constantes peleas entre la sosa Krystle (Linda Evans) y la pérfida Alexis (Joan Collins), secuencias irrenunciables en cada capítulo desde que la última irrumpiera en el ostentoso culebrón petrolero en el último episodio de la primera temporada.

Los enfrentamientos entre ambos personajes fueron tantos y tan sonados que acabaron creando una tradición y acuñando su propia denominación: peleas de gatas. Luchas de las que ambas solían salir trasquiladas y abroncadas por Blake Carrington y que hoy nos provocan más de una carcajada. Sin embargo, en los excesivos 80 de hombreras y lentejuelas, eran esperadas y seguidas con auténtica devoción. Cuentan por ahí que la pelea en el estanque fue uno de los mayores picos de audiencia que alcanzó la serie en toda su historia.

Sinceramente, no me extraña.

Dinastía, Pelea en el estanque, 1983.

Tras el éxito cosechado por Dinastía, serie de la que ya hablamos la semana pasada, los productores de este culebrón pensaron que las aventuras de la rama californiana de la familia Colby —los malos de la serie original— podría ser un buen punto de partida para crear una saga tan exitosa como la anterior. Para ello, no repararon en gastos y pusieron al frente de este nuevo clan familiar a unos auténticos pesos pesados como Charlton Heston, Barbara Stanwyck o Katharine Ross, siempre recordada por su papel en El Graduado.

Sin embargo, la apuesta no pareció funcionar del todo bien y, a diferencia de su longeva matriz, la serie sólo contó con dos temporadas. Debió de ser cosa de que, en California, las cabeceras con míticas secuencias aéreas, pantallas partidas, letras doradas e inolvidables sintonías eran terreno exclusivo de otro gran culebrón ambientado en tierras vinícolas del que, por supuesto, ya hablaremos otro día.

Los Colby, Créditos de apertura, 1985-1987.

Si hace una semana decíamos que en los años 80 la familia Ewing era sinónimo de intrigas en torno al petróleo texano, la familia Carrington era su homóloga en Denver, Colorado. Y, como tal, tenía que tener su propio culebrón con locos argumentos inverosímiles, una característica cabecera con míticas secuencias aéreas, pantallas partidas, letras doradas y, por supuesto una inolvidable sintonía que, con tan sólo unos acordes nos haga decir mentalmente: Dinastía.

De las tan imposibles como memorables peleas de gatas entre Linda Evans y Joan Collins hablaremos otro día, que aún hay tiempo.

Dinastía, Créditos de apertura, 1981-1989.

Ahora que Antena 3 ha decidido traer a España su secuela actualizada al siglo XXI, no puedo de dejar de recordar aquí las andanzas de la familia Ewing, un apellido que durante muchos años fue sinónimo de intrigas en torno al petróleo texano. Y es que, durante unos cuantos años, las desventuras de Sue Ellen, Bobby, Pamela y el malvado J.R. tuvieron en vilo a los espectadores de la televisión española.

Si he de ser sincero, yo no recuerdo mucho más que su cabecera. Pero es que es imposible olvidar esas míticas secuencias aéreas, las pantallas partidas, las letras doradas y las pegajosas sintonías que caracterizaban el inicio de los culebrones estadounidenses de la época. Hipnotizantes. Sí, eran otros tiempos.

Dallas, Créditos de apertura, 1978-1991.

Si hace unas semanas recordábamos que la sociedad española se contagió de la fiebre de las telenovelas sudamericanas con la emisión de Cristal, lo cierto es que unos años antes ya habían aprendido a sufrir con las desventuras de la pobre Mariana y el millonario Luis Alberto —conozco a un par de personas que recibieron este último nombre gracias a la serie—, protagonistas de Los ricos también lloran.

Este culebrón mexicano, protagonizado por Verónica Castro, quien años después nos castigaría a través de las canciones de su hijo Cristian, se emitía por las mañanas, justo a la hora en la que yo salía para el colegio, así que sólo recuerdo las imágenes de Verónica Castro en medio de un montón de pacas de paja cantando a todo el mundo cómo, por amor, aprendió a llorar. Contradictorio, ¿no creen? Pues abrió un largo y muy imitado camino.

Los ricos también lloran, Créditos de apertura, 1979.

“Perdona es que yo caminaba por aquí
Y en tu alcoba vi la luz
Perdona mi actitud quizá debí llamar
Y no presentarme así
Perdona la ocasión así lo decidió
Y de vuelta estoy aquí
Creo que me equivoqué
Que bella que te ves
Ya no puedo seguir”

Cualquier persona que viviese en España entre 1989 y 1990 y tuviese un mínimo de conocimiento, reconocerá el texto que antecede a estas líneas. Se trata de la primera estrofa de la canción que marcaba el inicio de Cristal, telenovela venezolana de 1985 que a finales de la década se convirtió en un auténtico fenómeno social en este lado del Atlántico y que, aunque no fue el primer culebrón que llegó de hispanoamérica, marcó el inicio de una tendencia televisiva que triunfó durante más de una década.

De los polvos de la imposible historia de amor  entre la pobre modelo huérfana y el hijastro de la poderosa propietaria de una empresa de moda surgieron muchos lodos. La mayoría, todo sea dicho de paso, con la misma escasa calidad artística.

Cristal, Créditos de apertura, 1985.

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