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Hace unos días me enteré de que el pasado mes de junio cerró sus puertas la mítica —y casposa, todo hay que decirlo— sala de fiestas madrileña Florida Park, un recinto ubicado en pleno Parque del Retiro que tuve la oportunidad de visitar en 2010, invitado a un evento que se debatía entre lo publicitario y deportivo.

Este local cosechó gran parte de su fama —si no toda— en los años 70, gracias a que fue el escenario en el que se grabó un exitoso programa de televisión presentado por José María Íñigo. Sin embargo, yo lo recuerdo por ser el escenario de la última experiencia de Concha Velasco como presentadora en Televisión Española. Antes de Cine de barrio, claro está. Se trataba de Viva el espectáculo, un programa de variedades, como el de Íñigo por el que, entre 1990 y 1991, pasaron los artistas más importantes del momento.

En mi memoria, Marta Sánchez, interpretando su particular versión de La chica ye-yé, en la presentación de uno de los discos de Olé Olé y otra de Martes y Trece, creo recordar, en la que cambiaban parte de la letra de esa misma canción para asegurar que «No te quieres enterar (ye-yé) que estoy en Florida Park (ye-yé, ye-yé)», —y no necesariamente por ese orden— es lo primero que aparece si pienso en esta sala que, probablemente, será recordada por la mayor parte de los españoles por haber sido el escenario en el que Lola Flores interrumpió una actuación para pedir que le devolviesen el pendiente que había perdido, que su trabajito le había costado.

Olé Olé en Viva el espectáculo, La chica ye-yé, 1990.

Vestida de forma más o menos sugerente, como si de una vedette se tratase, pero en medio de las situaciones más absurdas, era como Rosa María Sardá intentaba bajar las escaleras del plató en el que se desarrollaba Ahí te quiero ver, un programa que combinaba entrevistas, actuaciones musicales y sketches de humor en el que ella era la reina absoluta, por mucho que le pesara al pobre Honorato. El sufrido esposo que asiste impasible a todos los charlas que le dedica su mujer y que, sin duda, debe de ser lo más recordado del programa.

No en vano, la mayor parte de los papeles que Sardá ha interpretado a lo largo de su carrera se ajustan como un guante al perfil de aquella insoportable señora. ¿Verdad, Honorato?

Ahí te quiero ver, Créditos de apertura, 1984-1987.

Ayer, emitieron en televisión una pequeña entrevista a Julia Otero en la que, en un momento dado, comenzaron a repasar su trayectoria televisiva desde que, allá por 1987, debutase en Televisión Española. Concursos, debates, entrevistas y hasta números musicales marcan la vida catódica de la ahora presentadora de Onda Cero, destacaba la reportera. Y ahí lo tuve claro. Tocaba su actuación en el programa Telepasión española que cerró 1990 y, con ese año, la década que, año arriba, año abajo, pretende abarcar esta bitácora.

A lo largo de los años, por el escenario de Telepasión desfilaron prácticamente todos los presentadores de la televisión pública de la época, pero créanme si les digo que yo prácticamente solo recuerdo esta actuación. Y es que ver a Julia Otero cantando Blue Moon es absolutamente inolvidable.

Aún no sé si para bien o para mal, aclaro.

Telepasión española, Blue Moon, 1990.

En la segunda mitad de los años 80, el ventrílocuo José Luis Moreno y sus muñecos, Monchito, Rockefeller y Macario, triunfaron durante algunos años en el programa de variedades Entre Amigos. En una época de solo dos canales no sorprendía el éxito de un programa que combinaba las actuaciones humorísticas con las musicales. Que volviera a cosecharlo, rebosando caspa por los cuatro costados, en la primera década del siglo XXI es digno de estudio. Y, sin embargo, ahí está el inolvidable —y créanme si les digo que he intentado olvidar infructuosamente sus matrimoniadas con todas mis fuerzas— Noche de Fiesta.

Pero lo cierto es que veinte años atrás, los muñecos de José Luis Moreno arrasaban dondequiera que apareciesen. La estrella, sin duda, era el ácido y deslenguado cuervo Rockefeller. Pero, poco a poco, el ingenuo y pueblerino Macario fue haciéndose un hueco en el corazón de los televidentes, convirtiendo durante un tiempo algunas de sus coletillas en parte del lenguaje habitual.

Sin embargo, este muñeco no gustaba a todos por igual. Sin ir más lejos, mi hermano pequeño —que hoy cumple años— tenía un miedo atroz a una imitación de esas que regalaban en las tómbolas unos años después, posiblemente cuando su popularidad ya había decaído bastante, que aunque no recuerdo muy bien de dónde había salido, pululaba por casa de mi abuela. Cuando había peligro de que cogiese algo que no debía coger o de que entrase en una habitación en la que no debía entrar, bastaba con poner el Macario delante de la puerta.

Macario

El Macario, o una piñata de cartón con forma de payaso que se usó en uno de sus primeros cumpleaños y más tarde se recicló en espantaniño. Pero esa es otra historia de la que no se conservan restos. Al contrario de lo que ocurre con Macario. Y mira que era feo el jodío.

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