Si existe una serie que pueda ser reconocida —y casi definida, me atrevería a decir— por una sola frase esa es sin dura Canción triste de Hill Street y el paternal «Tengan cuidado ahí fuera» con el que tras la reunión matinal el sargento Phil Esterhaus despedía a los agentes que se disponían a emprender su jornada laboral patrullando las calles de una ciudad cualquiera del norte de Estados Unidos. Quizá, poco más hay que decir de esta serie, que alcanzó el estatus de mito casi desde el momento de su emisión y que, como tantas otras producciones de aquella década, siempre será recordada también gracias a su inolvidable e inconfundible sintonía y su cabecera de coches en movimiento y tomas aéreas.

Iba a escribir acerca del capitán Furillo, de su pareja, la fiscal Joyce Davenport, interpretada por la actriz luego especializada en dramas para las tardes de los fines de semana en Antena3 Veronica Hamel, y de algunos de los personajes recurrentes —agentes y delincuentes— que pasaban por la comisaría del deprimido barrio en el que se ubicaba la calle Hill. E incluso, del recuerdo más vivo que tengo de la serie —los demás son flashes, puesto que, como con tantas otras, yo era muy pequeño cuando se emitió—, correspondiente a su último capítulo, en el que la comisaría quedaba destruida en un incendio que, miren ustedes por dónde, en mi imaginación infantil que aún desconocía el significado musical de la palabra blues del título, se le antojó el mejor broche final posible para una serie que tenía una música tan triste como emocionante. Porque, una vez extinguido el fuego, pero con los rescoldos aún humeantes los policías de Hill Street continuaban con su labor.

Iba a escribir acerca de todo eso, pero con sólo recordar su comienzo me he dado cuenta de que no hace falta. Sobran las palabras.

Canción triste de Hill Street, Créditos de apertura, 1981-1987.

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